Dicho sea de paso, los israelitas tenía un pacto con Dios; es como decir: hicieron un contrato con ÉL. Ellos prometieron que harían TODO cuanto Dios les dijera que cumpliesen, y ellos recibirían a cambio la total protección y bendición de Dios en todo lo que se propusieran hacer dentro de sus intereses propios, mientras no violaran su parte del contrato. Ese contrato incluía una cláusula, las letras pequeñas que nadie lee: si no hacían las cosas que prometieron hacer Jehová sería su enemigo, y en vez de bendición habría castigo y maldición. Ellos firmaron el contrato y dijeron: SÍ.

Los castigos que Dios les dió por causa de su desobediencia eran parte de lo que ellos habían aceptado en su pacto con Él. Hoy muchos quieren juzgar a Dios por las cosas que hizo a ellos y a otras naciones, pero en realidad están tratando de juzgar lo que no les corresponde ni incumbe. En nuestros días hay países que tienen leyes extrañísimas y que a cualquiera de los occidentales parecerían incomprensibles. Ningún país puede intervenir en esas leyes pues forman parte de la soberanía de esos países de juzgar según su cultura lo que consideren "incorrecto". Para entender el pacto de Dios con Su pueblo y todos sus tratos con ellos, hay que estudiar las Escrituras para entender la dinámica de la relación entre Dios y Su pueblo, y el mundo de ese entonces.