La inverosímil historia de un prefecto marioneta:

Ya hemos visto que el motivo de la detención y muerte de Jesús está claro: El pueblo le consideraba el libertador de Israel del poder de Roma. Le aclamaban como el Rey de Israel.

Después de la detención de Jesús, ordenada por el prefecto romano Poncio Pilato, los evangelios, en su intento de culpar a los sacerdotes, nos presentan a un Pilato blandengue, ignorante del motivo del arresto (arresto que había ordenado él).
Para ello, narran unos comportamientos de Pilato que resultan absurdos.

Mateo narra el celebre lavatorio de las manos, mediante el cual Pilato se declara inocente de la muerte de Jesús.

Lo absurdo de la escena radica en que un prefecto se declare inocente de la muerte de un sujeto al tiempo que ordena su crucifixión (y su humillación y flagelación Marcos 15:15-20).

Y, rizando el rizo, lo hace con una declaración solemne en la que se atiene a un procedimiento judío: la escena corresponde, en efecto, al rito expiatorio bíblico en el que uno se exonera de la culpa de homicidio cuando alguien yace asesinado en el territorio de una ciudad y no se conoce al asesino. (Deuteronomio 21:1-9; Salmo 26:6; Salmo 73:13).

Una incongruencia más en el Cuarto Evangelio estriba en que Pilato parece desconocer las implicaciones sediciosas del título «rey de los judíos», de tal modo que son las autoridades judías las que deben ilustrarle sobre ello: «Si lo sueltas, no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey se opone al César»
(Juan19:12).
La escena de las autoridades judías explicando este punto a un prefecto romano, chantajeándolo y amenazándolo implícitamente con delatar su deslealtad hacia el emperador si no ejecuta a un correligionario judío raya en lo increíble