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Los estragos de los "buenos sentimientos", esa especie de salivilla repulsiva que se escapa de la comisura de los labios de los exhibicionistas de la bondad, que afirman combatir la miseria ajena pero que hacen lo posible por conservarla y multiplicarla, puesto que al fin y al cabo viven de y por ella. Nada más malsano que ese culto a la pobreza y al fracaso que hay tras la misericordia espiritual, cuya variante laica actual sería lo que algunos etiquetan como "solidaridad". Decadente es aquella tolerancia que "todo lo perdona porque todo lo entiende". Valores de la modernidad.
Las cosas no han cambiado demasiado. Hoy, peores que los racistas son los virtuosos del diálogo entre culturas, de la cooperación entre pueblos, los cultivadores afectados de la "apertura al otro", todos aquellos que se refugian en ciertas ONG dedicadas a suplantar a los humillados y usurpar su voz. Una equiparación a la que, por cierto, también llegaba Àlex Rigola en su lúcida relectura de Santa Joana dels Escorxadors, en cuya escena final la joven idealista -encarnación perfecta de ese virtuosismo vicioso que cualquier sabio aborrece- recibe de los poderosos una banderita de la ONU, una manera de identificar la falsa generosidad de los Capuchas Negras de la obra de Brecht con la de las actuales organizaciones de apoyo al desarrollo que se han constituido en nuevo factor de intervención imperialista en los países dominados.
En resumen, el racismo es hoy ante todo "tolerante". La explotación, la exclusión, el acoso... todo eso aparece hoy disimulado bajo vaporosas invocaciones a las buenas vibraciones entre culturas. Para ello somos colocados ante todo tipo de ferias organizadas por clubes de bondadosos solidarios: semanas de la tolerancia, jornadas interculturales, etcétera. En ellas la pluralidad humana, la misma que podemos ver desplegándose a nuestro alrededor por la calle, es instalada entre comillas en recintos cerrados, con frecuencia de pago, en las que el visitante es invitado a mirar como si fuese un turista a quienes han venido a vivir a su lado. En un texto reciente del colectivo Espai en Blanc se puede leer: "En las fiestas de la diversidad y en las escuelas multiculturales aprendemos las recetas de cocina de el otro, las fechas de su calendario y los nudos de su kimono o de su chador. Bajo tanto exotismo se cierra el espacio para las verdaderas preguntas: ¿Cuándo saliste de tu casa? ¿Qué has dejado allí? ¿Qué has encontrado? ¿Cuánto ganas? ¿Estás sola?".
Vigencia de esa babosidad espiritualoide que ama revolcarse en la resignación y la mentira y que no es más que falso compromiso o compromiso cobarde. Porque ese discurso que proclama tolerancia no es más que pura catequesis al servicio de la debilidad y la pobreza, de la desesperación, de la cochambre, demagogia que elogia la diversidad luego de haber desactivado su capacidad cuestionadora, de haberla sustraído de la vida. De la actual tolerancia humanitarista yo podría decir lo mismo que de aquella que le tocó contemplar en su tiempo y denunciar al sabio que dijo:
"abolir cualquier situación de miseria iba en contra de su más profunda utilidad, ella ha vivido de situaciones de miseria, ha creado situaciones de miseria con el fin de eternizarse".
Tolerancia es creerse superior a otros: "yo te tolero". En ese virus que solapa el complejo de inferioridad del portador de tolerancia, la cura es ayudarle a bajar de su ilusorio pedestal, que sepa que no es quién para tolerar a nadie. Si eres gay y te tolero, significa que te pongo por debajo, no admitas mi tolerancia, la clara señal de que no te acepto pero me creo digno de decirte que te tolero. Esos frascos de veneno son los que usan los cobardes. Y nunca falta el ejemplo más claro entre dos mujeres:
"qué valiente, te dejaste las puntas".
/ A lo cual mujer que se respete contesta parecido a:
- Ay gracias por ser cobarde de manera tan frontal.
Por cierto querido Platón...
No puede negarse que el error más grave, que jamás fue cometido, ha sido un error dogmático: la invención del espíritu puro y del bien en sí ,,de Platón.
Ay aristócrata, el hombre bueno, cuando sea modesto, diligente, bienintencionado y moderado ...
Sí, ese sería el esclavo ideal.
Ni que hablar del triunfo del ideal moral o la Moral Universal... El triunfo de un ideal moral se logra por los mismos medios inmorales que cualquier triunfo: la violencia, la mentira, la difamación y la injusticia.
La religión ha degradado el concepto del hombre; su consecuencia es la noción de que todo lo bueno, grande y verdadero es de naturaleza suprahumana y sólo se alcanza por obra de la gracia - esas espiritualidades son unas doctrinas que predican la obediencia...
Suena al esclavo ideal.
¿Cómo pudo enseñarse a despreciar los instintos primordiales de la vida e inventarse un alma, un espíritu, para ultrajar el cuerpo?! ¿Cómo puede enseñarse a concebir la premisa de la vida, la sexualidad, como algo impuro? ¿Cómo puede buscarse en la más profunda necesidad vital, en el egoísmo estricto, el principio del mal y, a la inversa, exaltarse el síntoma típico de decadencia, de contradicción de los instintos –el altruismo? la obligación moral de que uno sólo es bueno si renuncia a su propia vida para vivir para los demás. Un invento de los débiles para poder vivir a costa de los fuertes y brillantes. Qué bajeza.
""Os diré lo que es el superhombre. Es el sentido de la tierra. ¡Yo os conjuro, hermanos míos, a que permanezcáis fieles al sentido de la tierra y no prestéis fe a los que os hablan de esperanzas ultraterrenas! Son destiladores de veneno. Son despreciadores de la vida; llevan dentro de sí el germen de la muerte y están envenenados. La Tierra está cansada de ellos...""
Así habló Zaratustra.
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