
Iniciado por
KIMO
El Día de Expiación, el sumo sacerdote entraba en el Santísimo
y salpicaba frente a la cubierta la sangre de un toro
y una cabra para expiar los pecados de Israel
(Levítico 16:14, 15) ”Con su dedo salpicará un poco de la sangre del toro enfrente de la cubierta en el lado este. Con su dedo salpicará un poco de la sangre siete veces delante de la cubierta. 15 ”Luego matará el cabrito de la ofrenda por los pecados del pueblo. Llevará su sangre detrás de la cortina y con su sangre hará lo mismo que hizo con la sangre del toro. La salpicará hacia la cubierta y delante de la cubierta.
Esto simbolizó la entrada de Jesús,
el gran Sumo Sacerdote, ante la presencia de Jehová
en los cielos para presentar el valor de su sacrificio
(Hebreos 9:24-26) Porque Cristo no entró en un lugar santo hecho por manos humanas, que es una copia de la realidad, sino en el mismísimo cielo, así que ahora se presenta delante de Dios a favor nuestro. 25 Esto no se hizo para que se ofreciera a sí mismo muchas veces, como cuando el sumo sacerdote entra en el lugar santo año tras año con sangre que no es suya. 26 De otro modo, tendría que haber sufrido muchas veces desde la fundación del mundo. En cambio, ahora se ha manifestado una vez y para siempre en la conclusión de los sistemas para eliminar el pecado mediante su propio sacrificio.
Así como Aarón sacrificaba el toro por los sacerdotes
y por el resto de la tribu de Leví rociando su sangre en el Santísimo
Cristo presentó el valor de su sangre humana a Dios en los cielos
Se requerían dos machos cabríos,
ya que uno solo no podía usarse como sacrificio
y luego servir para llevarse los pecados de Israel.
No obstante, se hacía referencia a los dos machos cabríos
como una sola ofrenda por el pecado (Le 16:5)
y se les trataba de forma similar hasta
que se echaban suertes sobre ellos, lo que da a entender
que juntos tenían un solo valor simbólico.
Cristo no solo fue sacrificado,
sino que, además, se llevó los pecados de todos aquellos
por los que se ofreció en sacrificio.
LO QUE YO ENSEÑO NO ES MIO
PERTENECE AL QUE ME ENVIO” (Juan 7:16.)