[EL DIOS EMOTIVO, comentario 62]
Es la motivación con la que el ser humano aborda el estudio de la realidad lo que verdaderamente le acerca o le aleja de su Creador, pues dicha motivación puede ser egoísta o altruista. Por ejemplo, uno puede hacer ciencia con el propósito de dominar a los demás, o para inflar su ego delante del prójimo; pero también puede amasar conocimiento científico para tratar de ayudar desinteresadamente a los ignorantes, o tal vez para aportar generosamente un nuevo grano de arena en la montaña de la comprensión progresiva y reverente de la superlativa y extremadamente compleja obra de ingeniería del Sumo Hacedor. Un conato en esa dirección parece haberlo dado el salmista cuando cantó: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú compusiste: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Libro de los salmos, capítulo 8, versículos 3 y 4). También: “Te alebaré; porque me formaste de una manera formidable y maravillosa; y esto mi alma conoce en gran manera” (Libro de los salmos, capítulo 139, versículo 14; Biblia de Reina-Valera).