[EL DIOS EMOTIVO, comentario 41]
Actualmente, con cada vez más insistencia, la “mente” se concibe como un resultado emergente o trascendente de la actividad del cerebro. Incluso se habla de la “mente de las plantas”, dando a entender con ello que la “mente” es la consecuencia de una serie de funciones cohesionadas, procedentes de módulos especializados disjuntos y a la vez unificables, que dependen de un soporte material; y a tal cóctel estructural pudiéramos denominar “sistema inteligente” (sistema capaz de resolver problemas), en donde el “cerebro humano y la mente asociada a él” simplemente serían un dueto o un elemento más del conjunto formado por todos los “sistemas inteligentes”. Y en dicho conjunto, también, tendrían cabida los llamados “cerebros artificiales y sus capacidades”, como los archicitados “cerebros electrónicos”. Ahora bien, el dueto humano (cerebro y mente) descuella en complejidad a todo lo concebido y concebible por el hombre; de tal manera que deja a los sistemas inteligentes artificiales a un nivel de excelencia tan bajo que, comparativamente hablando, se pueden considerar irrisorios.