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Jorge, te dejo este escrito que nos indica el siguiente paso a seguir.
“No deis las cosas santas a lo perros, y no tireis sus perlas a los puercos, no sea que las pisen y que volviéndose se*echen sobre vosotros.” [Mt. 7,6]
- “No deis las cosas santas, sus perlas”, lo *que tienen de más sagrado, de más precioso, la santa Eucaristía, los *sacramentos, los libros santos, la doctrina cristiana, “a los perros, a los *puercos”, a las almas de mala voluntad, establecidas en su fango y que rehúsan *salir de él.
Hay que llamar a todos lo seres humanos, sin excepción, a la Iglesia, a la santidad; *los primeros días sólo hay que darles enseñanzas generales: las enseñanzas más*detalladas sólo deben ser dadas a aquéllos que, por un comienzo de conversión, *por su buena voluntad, salieron de su fango y dejaron de estar entre los perros *y los puercos. Sólo se les darán “las perlas más preciosas, las cosas más *santas”, más tarde todavía, cuando su buena voluntad se haya afirmado, por *haber perseverado, y hayan mostrado que han roto definitivamente con los perros *y los puercos.
Si no actúan con esta reserva y esta prudencia, las pisarán, las despreciarán, inundarán *de blasfemias y de sacrilegios la Santa *Doctrina, los Sagrados Libros y los Sacramentos, y no *solamente cometerán esos pecados y se entregarán a esos actos impíos y *sacrílegos, sino que aun la imprudencia de ustedes será una piedra de tropiezo *para esas almas desgraciadas, y esos libros santos, esa santa doctrina, esos *sacramentos que habrán recibido y conocido con malas disposiciones, los *alejarán de la fe en lugar de conducirlos a ella.
Su ignorancia y mala voluntad les hará *encontrar miles de imposibilidades, y lo que habrán aprendido, a falta de ser *comprendidos por ellos, les dará motivos para no creer en la doctrina revelada, *les servirá para hacerles a ustedes miles de objeciones, para dirigir contra *ustedes miles de ataques, a caer sobre ustedes con tanta impetuosidad como *enceguecimiento, como jabalíes; “van a *pisar las cosas santas y se harán con ellas armas para atacarlos”. *
Charles de Foucauld, *
"Leyendo el Evangelio de San Mateo"
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