Casi las doce, llamó mi hijo para avisar que venía a comer con su novia. Apurado, milanesas a la napolitana y pure, dos de la tarde llega, guitarra nueva en su correspondiente funda, cara de "que querés que haga, me puede", igual la de Begoña.
Comimos acelerados, despachó a su novia, se metió en la habitación que le sirve de estudio, desde mi escritorio lo escuchaba. Sobre las seis seguía, lo fui a ver, pregunté si estaba contento, "tanto que ni sentimiento de culpa tengo".
Con mi ignorancia, quise saber si distinguía diferencias con otras que tiene y toca, me largó -sentía que sentía lo que decía- que se trataba de una Stratos distinta que otra colgada de su correspondiente sostén, mexicana, ésta yanqui que hizo traer expresamente -es zurdo, vaya-, modelo 1950 o algo así, cabeza no se que tipo, madera creo que de aliso (¿) o nombre similar, cantidad de trastes y modo de enhebrar cuerdas, sonido de no se qué, vibración de no se cuanto y resultado emocionante.
Volví a mis tareas, me quedé un rato pensando en El Arte de Amar, de Fromm, la frasesita de Paracelso, tan verdad, solo se puede amar -o desamar, por caso-, lo que se conoce. Más se conoce, más se puede, cualquiera de las dos alternativas.
Chau