En tiempos de Jesús, los samaritanos eran los miembros de un grupo religioso
que vivían en los alrededores de las antiguas Siquem y Samaria, al norte de Judea.
Para poder bautizarse, tenían que llegar a conocer mejor la Palabra de Dios,
pues creían que solo venían de Dios los primeros cinco libros de la Biblia
—es decir, de Génesis a Deuteronomio—
y posiblemente el libro de Josué.
Sin embargo, conocían la promesa de Dios que se encuentra en Deuteronomio 18:18, 19,
y por eso sí esperaban la venida
del Mesías (Juan 4:25).
Para bautizarse, tenían que aceptar que Jesús era el Mesías prometido.
Y “muchos samaritanos” lo hicieron (Juan 4:39).
Es posible que otros tuvieran que vencer
los profundos prejuicios que tenían contra los judíos (Luc. 9:52-54).
LO QUE YO ENSEÑO NO ES MIO
PERTENECE AL QUE ME ENVIO” (Juan 7:16.)