Jesús llegó a ser efectivamente “una maldición” al ser clavado en un madero como criminal,
sentenciado injustamente por el tribunal sacerdotal judío.
Más tarde, cuando Jesús presentó el valor de su sacrificio en los cielos, Dios anuló la Ley.
Al aceptar este sacrificio, Dios clavó en sentido figurado la Ley al madero de tormento,
y de este modo se eliminó legalmente la maldición o invocación de mal que la acompañaba. (Col 2:14.)