La congregación cristiana del siglo primero acogía a “hombres de toda clase” (1 Timoteo 2:4).
Entre ellos había personas adineradas, otras que llevaban una vida holgada
y muchas que apenas lograban cubrir sus necesidades básicas.

Es posible que algunos fueran ricos antes de hacerse cristianos o que las circunstancias propicias
y las buenas decisiones comerciales les reportaran grandes beneficios después de haberse
convertido al cristianismo.