Jesús era un judío muy creyente. Los judíos se consideraban hijos de Dios. No es de extrañar que Jesús, cuando hablaba de Dios, dijera el Padre o mi Padre.

Si somos personas creyentes, asumimos que hay un Ser Creador y Bondadoso que vela por nosotros. No es de extrañar que en algunas etapas crueles de la vida, cuando nos hemos visto desbordados por la adversidad, hayamos pensado: “¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Si nunca llegó a este extremo, le felicito).

Dicen que en el momento de la muerte pasa ante nosotros toda nuestra vida, como si de una película a cámara rápida se tratara. Ignoro si esto es cierto, pero por cierto lo doy.

Siempre me ha causado extrañeza las palabras que dijo Jesús instantes antes de morir: « ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?». Por su forma de hablar en los evangelios, sería más lógico que hubiera dicho: « ¡Padre mío, Padre mío! ¿Por qué me has abandonado?». Pero Jesús era un ser humano (nada tenía de divino). Y como cualquier ser humano actuó.

Los teólogos encontrarán ciento y una razón que justifiquen estas “palabras de abandono” con bonitas explicaciones, pero no podrán ocultar una cruda realidad: Jesús, en el instante de su muerte (ignoro si vio la película de su vida pasada), actuó como cualquier mortal. Como ser humano que era simplemente.