Hay que reconocer que Dios no se portó bien con José.
No tuvo la delicadeza de avisarle que su mujer iba a ser embarazada por el mismo Dios.
Permitió que el pobre hombre se debatiera entre soportar los cuernos o abandonar a su mujer.

En esta lucha interior, dice el evangelio: “como era justo y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente”.
Era lo que menos convenía a los planes de la Trinidad: la madre de Dios, una adúltera.

Y Dios siguió ninguneando a José. Con la gravedad que revestía el asunto, no se dignó enviarle un ángel para aclarar el tema. Aprovechando que era muy crédulo, consideró que con un simple sueño, en el que apareciera un ángel, por supuesto, todo estaba arreglado.

Y así fue. José asumió los celestiales cuernos, y aparentó ser el padre de Jesús
.
Siempre he sentido una especial simpatía hacia la figura de José. Ni Dios ni los evangelios tuvieron la mínima consideración hacia él. Desaparece de los evangelios; así, sencillamente.

Tengo la duda si José no se preguntaría más de una vez, si lo del sueño del ángel no sería un simple sueño. Seguramente su mujer le habría dicho que un ángel en persona le había comunicado que iba a ser madre de Dios. Posiblemente José pensaría que él se merecía algo más: Un ángel en persona, no en sueños.
Existe la posibilidad de que José se marchara.