elisabet
Lea Levítico 16:11-13
11 ”Aarón presentará el toro de la ofrenda
por sus propios pecados y hará expiación por él y por su casa.
Después matará el toro de la ofrenda por sus propios pecados.
12 ”Luego tomará el braserillo lleno de brasas ardientes del altar
delante de Jehová y dos puñados de incienso aromático en polvo,
y los llevará detrás de la cortina.
13 También echará el incienso en el fuego delante de Jehová,
y la nube del incienso envolverá la cubierta del Arca,
que está sobre el Testimonio, para que él no muera.
En la celebración anual del Día de Expiación,
la nación de Israel se reunía y el sumo sacerdote ofrecía sacrificios de animales. Estos recordaban a los israelitas que debían estar libres de pecado. Pero había algo que el sumo sacerdote tenía que hacer ese día antes de entrar en el Santísimo con la sangre de los sacrificios; de hecho, era algo más importante que el perdón de los pecados de la nación.
Imaginémonos la escena. El sumo sacerdote entra en el tabernáculo.
En una mano lleva un recipiente con incienso perfumado y en la otra un braserillo de oro lleno de brasas. Se detiene delante de la cortina que oculta la entrada al Santísimo. Con sumo respeto, entra por primera vez ese día (lo hará dos veces más) y se para frente al Arca del Pacto. En sentido simbólico, está ante la mismísima presencia de Jehová. Entonces, echa el incienso sobre las brasas, y la sala se llena de un agradable aroma. Más tarde, volverá a entrar en el Santísimo con la sangre de las ofrendas por el pecado. Fijémonos en esto: quema el incienso antes de presentar la sangre de las ofrendas por el pecado.
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LO QUE YO ENSEÑO NO ES MIO
PERTENECE AL QUE ME ENVIO” (Juan 7:16.)