Desde los días de Abel hasta la época de los patriarcas, hubo hombres y mujeres fieles que adoraron a Jehová y obedecieron sus mandamientos (Heb. 11:4-22). Más tarde, en tiempos de Moisés, Dios estableció un pacto con los descendientes del patriarca Jacob, quienes pasaron a formar la nación de Israel. En el año 1513 antes de nuestra era, los israelitas prometieron que ellos y sus descendientes aceptarían al Creador como Soberano, y de hecho dijeron: “Todo lo que Jehová ha hablado estamos dispuestos a hacerlo” (Éxo. 19:8).
Jehová eligió a Israel como su pueblo con un propósito en mira (léase Deuteronomio 7:7, 8). No lo hizo solo por ellos. Estaba en juego algo mucho más importante: su propio nombre y soberanía. Los israelitas tenían que ser testigos de que Jehová es el único Dios verdadero (Isa. 43:10; 44:6-8). Por este motivo, él dijo a aquella nación: “Eres un pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que llegues a ser su pueblo, una propiedad especial, de entre todos los pueblos que hay sobre la superficie del suelo” (Deu. 14:2).
Al gobernar a los israelitas, Dios tuvo en cuenta que eran imperfectos. Al mismo tiempo, les dio mediante Moisés leyes perfectas que reflejaban su santidad, amor por la justicia, misericordia y paciencia. Años más tarde —ya en los días de Josué—, la nación disfrutó de paz y bendiciones espirituales precisamente porque cumplió los mandamientos divinos (Jos. 24:21, 22,*31). Aquella etapa de la historia de Israel dejó claro que el gobierno de Jehová es el mejor.
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LO QUE YO ENSEÑO NO ES MIO
PERTENECE AL QUE ME ENVIO” (Juan 7:16.)