Dios desea que respetemos la vida,
tanto la nuestra como la ajena.

Veamos un ejemplo.
Caín, el hijo de Adán y Eva,
se enfureció con Abel, su hermano menor.
Jehová le advirtió que su cólera
podía llevarlo a cometer un pecado grave,
pero Caín no le hizo caso.
‘Atacó a su hermano y lo mató.’ (Génesis 4:3-8.)
El relato pasa a mostrar que Jehová
lo castigó por ese asesinato (Génesis 4:9-11).


Miles de años después,
Jehová dio leyes a los israelitas
para que le sirvieran como él deseaba.
En vista de que las entregó mediante el profeta Moisés,
el conjunto de esas leyes
suele recibir el nombre de Ley mosaica.

Pues bien, la Ley mosaica contenía este mandato:
“No debes asesinar” (Deuteronomio 5:17).

Esta prohibición mostró a los israelitas
que Dios valora la vida humana
y que toda persona debe valorar la vida de sus semejantes.