Los castigos prescritos en la Ley dada por Jehová a través de Moisés contribuyeron a mantener la tierra limpia de contaminación a la vista de Dios: todo el que practicaba cosas detestables era eliminado. Los castigos tuvieron un efecto disuasorio, infundieron respeto por la santidad de la vida, la ley del país, su Legislador (Dios) y también por el prójimo. Cuando la Ley se obedecía, protegía a la nación de la pobreza y de la decadencia moral, con sus enfermedades repugnantes y perjuicio físico.

En la Ley no se prescribían castigos brutales. Ningún hombre podía ser castigado por los males que otro hubiese cometido. Los principios estaban expuestos con claridad. A los jueces se les permitía cierta libertad para juzgar cada caso individualmente, teniendo en cuenta las circunstancias, motivos y actitudes de los acusados. La justicia tenía que aplicarse con todo rigor. Así, un asesino no podía escapar de la pena de muerte ofreciendo dinero, sin importar la suma de que se tratase.

Si un hombre era homicida involuntario, podía huir a una de las ciudades de refugio. El confinamiento dentro de los límites de la ciudad le hacía tomar conciencia de lo sagrado de la vida y de que incluso el homicidio involuntario no podía tomarse a la ligera, sino que requería una compensación. Por otra parte, como trabajaba en la ciudad de refugio, no representaba una carga económica para la comunidad.