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[EL DIOS EMOTIVO, comentario 183]
El rey David, actuando en calidad de profeta, expresó: “Pues de aquí a poco no estará el malo; y contemplarás sobre su lugar, y no aparecerá. Pero los mansos (personas dóciles para con la guía divina) heredarán la tierra, y se recrearán con la multitud de la paz” (Salmo 37, versos 10 y 11; Biblia de Reina-Valera). En palabras de Jesucristo: “Bienaventurados los mansos; porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Evangelio de Mateo, capítulo 5, versículo 5; Biblia de Reina-Valera). Estos pasajes de la sagrada escritura parecen corroborar la idea de que el objetivo divino al crear la biosfera (inicialmente hermosísima) era el de suministrar un hogar terrestre paradisíaco a la humanidad, y de hecho el propio Génesis así lo constata cuando informa que Dios creó un jardín deleitable (se sobreentiende: sensitivamente deleitable) en Edén para albergar en él al hombre. Además, el mismo Génesis apostilla en cuanto a ello diciendo que la encomienda original a la primera paraja humana era la de crecer y multiplicarse y llenar el planeta con su prole, a la vez que el paraíso edénico debía extenderse hasta los confines mismos del solar térreo.
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