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Cuando Jehová rescató a su pueblo escogido
de una opresión mortífera en el antiguo Egipto,
no*puso en primer lugar,
como de primera importancia,
el que le ofrecieran sacrificios animales:
“Pero esta palabra sí les expresé en mandato a ellos, diciendo:
‘Obedezcan mi voz, y ciertamente llegaré a ser su Dios,
y ustedes mismos llegarán a ser mi pueblo;
y tienen que andar en todo el camino que yo les mande,
a fin de que les vaya bien.’” (Jer. 7:22,*23; 1*Sam. 15:22)
De modo que si Jehová no*exigió sacrificios animales de su pueblo escogido, mucho menos pediría de ellos sacrificios humanos. La idea de hacer sacrificios humanos, como los que se ofrecían a Baal o Moloc, ni*siquiera había “subido a [su] corazón.”—Jer. 7:31.
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