Hay dos formas de encarar la creencia en una vida más allá de la muerte. Creerlo o no creerlo. Ambas son indemostrables por mucho que se nos empeñe el de la "ecuación del pirata Drake".

En este caso los ateos están en desventaja clara. Los ateos piensan que una vez muertos se los van a comer los gusanos y allí se acaba todo. Su esperanza es nula en cuanto a su trascendencia a este mundo. Si ellos tienen razón, tanto creyentes como ateos, vivirán su vida de la misma manera y ambos serán devorados por los gusanos.

En el caso del creyente, siempre tendrá ESPERANZA, cosa que ayuda mucho en los malos momentos que siempre se presentan en la vida. Los gusanos se comerán su cuerpo pero no podrán comerse su alma.

Para un ateo puro no debería haber ni leyes humanas ni leyes divinas. Todo debería girar en torno a su propio placer sin importarle el de los demás. Todo lo que no sea disfrute inmediato será una pérdida de días y de vida. Una mala vida o un estado de pobreza o de sumisión, es una vida perdida para un ateo.
El creyente tiene una gran ventaja. Siempre cuenta con Dios para lo bueno o para lo malo. Siempre es feliz porque sabe que lo malo de este mundo le será recompensado en el otro y que lo bueno de este mundo es mandado por Dios por puro amor de Padre.

Los seres queridos de los creyentes SIEMPRE estarán vivos en sus mentes y en sus esperanzas, los seres queridos de los ateos, serán abono para el ganado. Puestos a elegir de forma lógica y racional, me quedo con la manera de pensar de los creyentes. ¡No hay duda!