Dices Petra que para tí el purgatorio está aquí. Imagino que te refieres a aquí, en la Tierra, en la vida terrena. Pero tu planteamiento, aunque demuestra cierta reflexión por tu parte, no es concluyente. De ese postulado cabría deducir que llegada la hora de la muerte todo el mundo o bien está del todo purificado, o bien no se puede hacer nada por él, es decir, merece el infierno irremediablemente. Las citas que generosamente Vangelis ha traido demuestran que no todas las deudas son satisfechas en esta vida terrena, que hay a quienes les quedan algunas cuentas por saldar, pues en definitiva, al igual que el infierno no es sino el alejamiento de Dios por toda la eternidad, el Cielo no es otra cosa sino el gozo eterno de su presencia, y para ello debemos ser limpios de corazón. Es decir, o falleces gratísimo a los ojos de Dios, o lo haces lastrado sin remedio por pecados mortales. Tal cosa se deduce de tu tesis, pero la experiencia, el sentido común y la lógica nos dice que no es siempre así, que puede haber un posible tercer estado en el que la parca sorprenda a nuestras almas en el momento ingrato de la muerte. El Purgatorio no es sino ese estado en que nuestro cuerpo fallecido deja a nuestras almas no del todo limpias necesitadas de Misericordia Divina, y de eso, sabemos que a Dios le sobra en cantidades abismales. La certeza que da la Esperanza no convierten al Purgatorio en un mal destino para la vida futura, muy por el contrario la posibilidad del Purgatorio es capaz de convertir la vida terrena en un infierno. Tal es el peso del pecado para quien se lamenta de su suerte.