Esta época, que se prolongó por diez años fue de altibajos en mi relación matrimonial, -más bajos que altos- mis compañeras eran inquietas y juguetonas, apropiadas para los celos de mi mujer, en una ocasión decidió ir a buscarme a la salida y quiso mi mala suerte que justo ese día las compañeras me pidieron un aventón hasta el palacio municipal, les dije que sí, pensaba que eran las dos que me lo pedían, pero subieron todas a mi coche, no cabían y se apretujaron, incluyendo el asiento delantero, ni hablar, así emprendí el camino, pero… apenas dos cuadras de las oficinas, me encontré con que Ana me hacía señales para que me detuviera, así lo hice, recibiendo de inmediato una reclamación, apenado le indiqué que volvería en un momento y continué, algunas de mis pasajeras, avergonzadas decían “aquí nos bajamos te va a regañar tu esposa” pero yo un poco repuesto de la vergüenza les contesté “ya lo hizo, ahora que se aguante” y las llevé hasta donde iban. Por supuesto que estaba furiosa y discutimos una vez más, era el pan nuestro de cada día, a veces con razón y a veces sin ella, mi trabajo, en el que tenía que imprimir con un viejo mimeógrafo los volantes de las diferentes corrientes del sindicato en ocasiones me obligaba a trabajar hasta muy tarde, por otro lado, los funcionarios descubrieron que mi manejo de automóviles era seguro y que yo era muy discreto y me usaban como chofer para sus correrías por la zona de tolerancia en Las Tamacuas, los llevaba a sus casas totalmente ebrios, oliendo a tabaco y perfumes baratos de las meretrices, pero no me quejaba, todo era tiempo extra que reforzaba mi economía familiar, pero debilitaba la relación con mi pareja.

En el sindicato, mis ocupaciones eran diversas, trabajaba como si yo fuera el Secretario Tesorero (el puesto de mi jefe directo) y no solamente su auxiliar contable, controlaba también que las compañías constructoras estuvieran al corriente con sus pagos de Ayuda Social y cuotas sindicales, haciendo lista negra de las que no cumplían, para que los funcionarios les pararan la obra. Cuando algunas de estas compañías dejaba de cumplir, les visitaba en sus oficinas en el área donde estuvieran acampados y los conminaba a realizar los pagos correspondientes. Algunas también cumplían sin necesidad de coaccionarlas. Entre éstas se contaba una que dirigía un Ing. llamado Manuel. De sus asuntos se hacía cargo su hermana Ester, una mujer joven aún, morena, bien parecida, simpática y muy eficiente, ella presentaba los listados de sus trabajadores con puntualidad y hacía entrega de los cheques correspondientes a cada pago, me causó muy buena impresión conocerla, de presencia discreta y que se comportaba como la primera mujer empresaria que conocí –yo había conocido ya mujeres de muchos tipos diferentes: Secretarias, Educadoras, profesionistas, etc. Pero nunca a una que trabajara para su propia empresa, que en este caso era de su hermano, pero que representaba a la perfección, no la veía como una futura conquista – hubiera sido mirar muy alto- sino con auténtica admiración, por su desempeño.