Nuestros vecinos más cercanos eran una pareja del estado de Guerrero, muy representativos, tenían varios hijos: Francis, José Luis, Fanny, Celina y Delia, todos alegres y buenos chicos, ellas pasaban mucho tiempo en mi casa, Francis fue para mi niño como una hermana mayor, lo bañaba, le cambiaba pañales y jugaba con él, las otras por ser más chicas sólo jugaban con él, su mamá Doña Celia era también una buena mujer, gorda, buena esposa y madre ejemplar, lo contrario de su papá Don Fidel, que se emborrachaba cada fin de semana cada semana y era afecto a tener aventuras extramaritales, lo que era clásico entre los hombres de ese tiempo, entre sus amigos había uno a quien le decíamos el gallo, por ser ése su apellido y su esposa Virginia, con ellos congeniamos de inmediato y se hizo costumbre que nos reuniéramos en su casa para jugar dominó por las noches, ella era de Arteaga y recordando a Adriana le pregunté por ella, pero no la conoció, nuestra amistad duró mucho tiempo, en una ocasión me pidió ayuda, ya que un bombero que era de mi pueblo la molestaba y hablé con él, diciéndole que no se confiara, que ella era muy decente y que a su marido no le decían el gallo por nada, que aunque chaparrito, era muy bueno para los golpes, con esas recomendaciones la dejó en paz. Y fue precisamente con este compañero con quien salí peleado en una ocasión. Me presenté para cumplir con mi turno en el cuartel y un compañero que era muy tranquilo me tocó el trasero, no me gustó nunca ese tipo de confianzas con nadie y le reclamé, asustado, me dijo que “la flaca” le había dicho que lo hiciera, lo amenacé con golpearlo si lo volvía a hacer y acompañé la advertencia con una mentada de madre para “la flaca”. Este era un muchacho de tipo atlético más que flaco, hermano de uno que fue mi maestro de educación física en la escuela secundaria, presumían de ser muy buenos para los golpes y me escuchó lo que dije, se levantó de donde estaba y vino a retarme a los golpes, seguro de que me ganaría, pero como molestaba a todos, intervino el maquinista, Toño, hombre corpulento, pero muy tranquilo, quien le dijo que se había ganado la mentada de madre y como insistiera, se puso grosero, y también a él lo retó a los golpes, se dieron hasta con la cubeta, y cuando por fin los separamos, acordamos no decir nada, sin embargo de alguna forma se filtró el chisme y los corrieron a los dos. Un tiempo después en Apatzingán en una fiesta una señora me preguntó a qué me dedicaba y al saber que era bombero en Lázaro Cárdenas me contó que su hijo había trabajado como auxiliador de bomberos – lo que me extrañó, ese puesto no existe- pero que una vez se peleo con todos y lo golpearon brutalmente, que llegó a su casa hablando muy mal, con trabajos y que sufrió una parálisis facial que le costó mucho trabajo curar. Intrigado le dije que tenía algún tiempo en el cuerpo de bomberos y no recordaba un caso así y me dijo el nombre de su hijo ¡era la flaca!, quien así enmascaró el resultado de sus acciones. No quise meterme en debates y mejor me retiré.


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