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En la colonia donde vivíamos “El Campamento Obrero” de Las Guacamayas, la delincuencia era muy alta, los vecinos de las dos casas pegadas a la que ocupábamos se fueron y por las noches, los malandrines se metieron y robaron lo poco que se pudo, los contactos eléctricos, el cableado y el aluminio de las ventanas, alarmando a Ana. Mi compadre, el padrino de mi hijo, nos ofreció su pistola y Ana se quedaba con ella, cada vez que me tocaba el tercer turno. Después de toda la noche sin dormir, el autobús de la empresa, nos repartía por las colonias de Las Guacamayas, pasando a un costado del Campamento Obrero, subía a la colonia Aníbal Ponce y daba la vuelta por el Campamento Obrero, pasando frente a la puerta de la casa. Ana estaba al pendiente, sabiendo que ya para llegar, me dormía en el camión, por lo que ella lo detenía y pedía que me despertaran.
Una mañana, al regresar, me encontré con gente que miraba hacia la casa, alarmado le pregunté a Ana qué había sucedido. Me comentó que intentaron meterse a nuestra casa y les disparó a través de la puerta, al amanecer se supo que acertó en una pierna a un malandrín que se encontraba hospitalizado. Consulté con algunas personas ¿que debería hacer? y me aconsejaron que me cambiara a vivir a otro rumbo, no lo pensé y me di a la tarea de buscar otra casa en renta. Lázaro Cárdenas fue durante un buen tiempo un pueblo de hombres solos, la mayoría de su población inicial éramos jóvenes que veníamos de diversas regiones del país, atraídos por el trabajo; durante la construcción de la Siderúrgica se emplearon miles de obreros y al arranque tenía 5.000 trabajadores sindicalizados y unos 1,500 de empleados de confianza. La demanda de vivienda fue enorme, el Infonavit construyó un conjunto habitacional de 712 casa de interés social, para otorgar, mediante sorteo, a los solicitantes, pero como la población era flotante, cuando estuvieron listas para entrega, los solicitantes en su gran mayoría habían emigrado. No había hecho solicitud, pero me urgía una casa, así que me presenté a la oficina y habiendo cumplido con los requisitos, decidieron asignarme una vivienda chica, completamente nueva con los servicios básicos y hasta un calentador de agua, que en esta región salió sobrando. Elegí una de cinco y nos cambiamos a vivir a Lázaro Cárdenas, más cerca de mi trabajo y con servicio urbano regular. En esto coincidimos con algunos compañeros de trabajo, desgraciadamente también el capitán con el que tenía problemas consiguió casa en la misma calle.
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