Los compañeros hicieron grupitos para cada fin de semana salir a tomar cervezas al término del primer turno y a veces regresaban a sus casas hasta el día siguiente, no participaba. Estábamos, - Ana y yo-, viviendo en casa de Balta y Chabe, no me pareció correcto y no quise dar motivo para que Ana se enojara conmigo, ya que Chabela seguramente se solidarizaría con ella y mi hermano conmigo, haciéndose un enredo grande.
La vida en casa de Baltazar era muy sencilla. Chabela era muy simpática y se entendió muy bien con Ana, pero el problema se presentaba a la hora de dormir, como solamente había un cuarto, tendían una cobija para separar su espacio del nuestro, evitaba ser vistos, pero no escuchados, siendo dos parejas jóvenes, era imposible no oír los ruidos involuntarios al hacer el amor, al día siguiente cruzábamos algunas bromas a ese respecto.
Ana y Chabela iban a lavar a un canal, mi mujer se encontraba muy cerca de dar a luz a nuestro primer hijo, se dejaba llevar por la corriente y vivía, según mi opinión, feliz.
Llegó el día esperado, me dijo “tengo un dolorcito en el vientre”, nada raro, de cualquier forma la llevé al Seguro Social de Lázaro Cárdenas, entró a consulta y de pronto salió una enfermera con sus ropas y con algún aire de complicidad me dijo “se va a quedar, ya iniciaron los dolores de parto” me puse nervioso, estaba emocionado por la inminente llegada de un hijo, pero me preocupaba el riesgo que esto suponía para ella. Regresé a la casa en Las Guacamayas y comuniqué la noticia a Baltazar y a Chabela, se pusieron contentos. Al día siguiente, acudimos a la clínica y me informaron que ya era padre de un varoncito, pedí verlo y me dijeron que estaba en los cuneros, me dirigí allá y a través de los cristales vi a 9 o 10 niños, entre ellos, a uno que despertó mi atención, era muy bonito y hubiera podido jurar que era el mío, entré al lugar y la enfermera me indicó que ése no era el mío, llevándome a otra cuna, el niño de ahí también era bello pero no tanto como el primero que vi. Fue una emoción muy grande cuando lo abracé con temor, era tan frágil y tierno, me veía fijamente y por fin sonrió, o eso me figuré, regresé a donde Ana, tendida en una cama se veía pálida y cansada, la felicitamos y volvimos a la casa.


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