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Por ese tiempo regresé a México de visita. Con orgullo invité a Ana a comer a “Súper Leche”, entramos y buscamos una mesa, las excompañeras se arrimaban a conocer a mi mujer y a mi niño pequeñito, de pronto, algunas me pidieron que las acompañara a la cocina, para enseñarme los cambios que se habían realizado. Era un pretexto, para decirme, en confianza, que Carolina había regresado a buscarme, que cuando desapareció de mi vida, había ido a Guatemala a visitar a su familia y se quedó por allá mucho tiempo. Lo más impactante de esa conversación fue enterarme que regresó con una niña en brazos, la cual, les contó, era mía. Encajé el impacto que me causó y regresé a mi mesa como si nada, comimos y me despedí. Nunca más volví a ese lugar, que se derrumbó totalmente con el terremoto de 1985, que arrasó la ciudad de México.
En el trabajo las cosas seguían tensas, el capitán a quien corregí en mi primera clase de técnicas de combate de incendio no olvidaba la “humillación” ideo una nueva forma de divertirse a nuestra costa, adquirió guantes de boxeo y nos canjeaba la hora de educación física por encuentros entre nosotros mismo, hicimos algunos favoritos y nos divertíamos viendo como se pegaban unos y otros, todo bien pero un día enfocó su atención en mí, me dijo “secretario –un apodo que me duró mucho tiempo- ahora tú debes ponerte los guantes contra Rutilio –otro compañero- flaquito, como yo, moreno, de pelo chino, originario de el estado de Guerrero, Me negué argumentando que no me gustaba recibir golpes –darlos por supuesto que sí-, que se me olvida que era un juego y respondía golpeando en serio, No importa, me dijo, es sólo deporte, nuevamente me negué pero el compañero, tal vez sintiéndose seguro de sí mismo me retó diciéndome “No te preocupes, después del round no habrá rencores” así que me vi obligado a ponerme los guantes en su contra, no podría narrar los detalles del combate, solo recuerdo muy bien que de pronto nos pegábamos lo más fuerte posible y nos separaron, Rutilo sangraba por la nariz y yo no podía ver por un ojo. El capitán, contento me dijo “ya vez, no pasa nada y es muy divertido”, me puse furioso y le dije “póngase los guantes conmigo, vamos a divertir a los demás” se negó rotundamente, lo que atribuí a temor, durante un buen tiempo, hasta que me enteré que era karateka y su código ético se lo impedía.
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