Fue entonces cuando me avisaron que recibí una llamada telefónica de Apatzingán, el Señor Chabolla, un antiguo patrón de mi hermano Cuauhtémoc, me informó muy apenado que mi hermano José Cruz había muerto. ¿Cómo? Pregunté, me dijo “no sabría explicarlo, pero si quieres verlo por última vez debes venir de inmediato”. Informé al Comandante de Bomberos de la situación, solicitando permiso por dos días, me contestó “No hay permisos”, me enfurecí y le dije que entonces considerara mi baja, mis compañeros ofrecieron llamar al sindicato para conseguir el permiso, ya no los escuché y me dirigí a mi casa para informar a mi mujer, se preparó y partimos de inmediato. Cruz era más joven que yo, había tenido una niñez difícil, en una ocasión se cayó de un árbol y en la caída tropezó con un alambre de púas que se usaba como tendedero, el alambre le arrancó un pedazo de carne del pecho y después se golpeó fuertemente contra el piso, como resultado, tartamudeaba, era un muchacho fuerte, robusto de 16 años, practicaba karate y era muy alegre a pesar de las burlas que su tartamudez ocasionaba, era el consentido de mi padre, que le permitía cargar su pistola, aunque nunca supe que la usara, por esta razón suponía que lo habrían matado en un pleito e iba dispuesto a vengarlo, aún sin saber si ése fue el motivo de su deceso. Al llegar a la casa me enteré de la verdad: Tenía una noviecita llamada “Linda”, por alguna razón lo terminó y en un papel arrugado que encontraron en su pantalón, dirigido a ella, le decía que la esperaba en el lugar de costumbre, que si no acudía se iba suicidar y que él no jugaba con eso, seguramente no le creyó. Nadie se dio cuenta de su estado de ánimo, el día domingo, fueron a una tardeada y él se retiró un poco antes que los demás, una vecina que vendía cena le dijo al pasar “Cruz, vente a cenar” le contestó que ya no iba a ser necesario, ella, creyendo que posiblemente había cenado en el centro, no le dio importancia, a los pocos minutos llegaron otros de mis hermanos y al entrar en la huerta escucharon un disparo, creyendo que Cruz lo había realizado en contra de alguien, le gritaron que no disparara nuevamente y entraron corriendo hasta la casa. En el frente de la casa, mi padre había sembrado, hacía algunos años, un eucalipto, que creció hasta ser el árbol más grande de la colonia, la gente le llamaba “el gigante”, sentado al pie de este árbol, encontraron a Cruz, quien en ese momento tenía un brazo colgando sin fuerza, mientras sangraba abundantemente de la cabeza, se había dado un tiro. Mi hermano Anselmo, un año menor que él, corrió a dar aviso a mi papá y lo transportaron en un coche de alquiler al Hospital General, pero fue inútil. La familia de la noviecita, al enterarse de lo ocurrido, huyó de Apatzingán, temerosos de que al ser tantos hermanos, alguno los fuera a agredir. Una vez que lo enterramos, regresamos, Ana y yo, a Lázaro Cárdenas y al trabajo, presenté copia del acta de defunción y no tuve ningún problema.