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Una vez afianzado en mi trabajo de bombero, recibí la oferta de un vecino que pensaba vender su terreno, nos pareció muy bien, de ese modo podríamos construir nuestra casa junto a la de mi hermano, le dije que si me interesaba, pero que tendría el importe en 15 días. La siguiente semana procuramos ahorrar todo lo posible, con la finalidad de que una vez cerrado el trato, comprar algunos materiales para iniciar la construcción de una casita de madera, pero… Llegó la fecha fijada y fui a ver al vecino, llevaba la cantidad acordada. Lo encontré borracho y me dijo, que el día anterior había vendido el terreno, peo que no me preocupara, que algunos vecinos más lejanos también pensaban vender. Enojado, me dí a la tarea de buscar una casa en renta, la encontré en otra colonia de la misma localidad. Era parte de un pequeño grupo de tres que compartía un amplio terreno en el que había tendederos para ropa, nos cambiamos de inmediato, aunque no teníamos muebles. Ana cocinaba con una pequeña estufa de petróleo, que dejaba las ollas y cazuelas, negras de hollín, .Adquirimos una hamaca para el niño y nosotros seguimos durmiendo en el piso. Con sólo una cobija tendida, pero muy felices, un desconocido nos vendió una conejita que llamaba Dominga y que nos gustaba mucho pero un día de apuro, Ana la cocinó y nos la comimos.
En el trabajo no había problemas, nuestro capitán gustaba de permanecer despierto cuando nos tocaba el tercer turno, para hacerlo menos aburrido, salíamos del cuartel y hacíamos rondines por los terrenos de la planta, cazábamos conejos, había muchos, y en ocasiones un compañero de Playa Azul se metía a oscuras en un área pantanosa a buscar camarones, que abundaban y preparábamos auténticos banquetes en el cuartel, en una ocasión propuso que fuésemos hasta la playa a buscar huevos de Caguama – muy codiciados-, llevamos cubetas, con la idea de recolectar muchos, amenazaba tormenta, pero lo pasamos por alto, recorrimos tal vez, trescientos metros de playa sin hallar ninguna señal de tortuga o de algún nido, a pesar de que la luna alumbraba muy bien, entonces cambiamos el giro. Sobre la arena se desplazaban grandes cangrejos a los que llaman mollos, nos dimos a la tarea de cazarlos teniendo cuidado de sus fuertes tenazas que pueden romper un guante de carnaza con alguna facilidad, los pisábamos con las botas industriales y los echábamos a las cubetas, hicimos una abundante provisión y al regreso se comisionaron a dos compañeros para que fueran al mercado a comprar los complementos para un buen caldo, trajeron también algunos pescados. Una vez preparado y al olor, se nos unieron los policías industriales –que a veces, nos apoyaban en nuestro trabajo- y fue todo un banquete.
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