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SIGAMOS CON LA HISTORIA
8.1.- Otros aires
Perdido el trabajo, pensé en nuevas opciones, ya que cuando trabajas bien los demás se dan cuenta y no sería difícil conseguir empleo en otros negocios similares, por ejemplo en Sanborn`s, donde trabajaba un excompañero, pero por lo pronto fui a Cuajimalpa, donde vivían mis primos y el tío Raúl, de inmediato me ofreció que trabajara con él. Tenía algo así como una Central de Servicios, su giro principal era arreglar calderas, de las que se usan para calentar el agua de las albercas, pero de momento estaba haciendo instalaciones eléctricas en una residencia de Cuernavaca y me fui con él. Por diez días trabajamos arduamente y regresé al Distrito Federal, pero no encontré a Carolina, en ninguna parte, ni en su casa. Nadie me supo dar noticias de ella, la perdí totalmente, incluso entrevisté a su exnovio, quien me dijo que si no pensaba responderle yo, él estaba dispuesto a casarse con ella.
Fue inútil la búsqueda, me quedé como el perro de las dos tortas, sin la una y sin la otra.
9.- UN PEQUEÑO NEGOCIO
Como la ciudad me era incómoda por los recuerdos, volví a Cuajimalpa, mi hermano Abraham, un poco menor que yo, trabajaba en compañía de los primos bajo la dirección del tío Raúl, me uní al equipo y trabajé con dedicación para olvidarme de mis errores y huir de mis remordimientos. Vivíamos en una cabaña de las que tenía la abuela frente al Desierto de los Leones, a tres kilómetros de Cuajimalpa, más cerca de San Lorenzo Acopilco, pueblito que visitábamos muy de vez en cuando. Tenía la abuela tres cabañas que rentaba a juniors que las usaban para llevar a sus conquistas, en una ocasión, uno de éstos me preguntó donde podría conseguir alguna bebida alcohólica, como ya era muy tarde, sustraje una botella de Ron Bacardí blanco de la casa y se la vendí, agregando al precio una comisión un poco grande, acompañado de dos coca colas, me pagó de buen grado y hasta me dio propina, al día siguiente compré la botella y la repuse, con el beneplácito de la abuela, con el pago de mi semana de trabajo hice acopio de algunas botellas de brandy, ron y tequilas que pronto vendí de la misma forma, después fue necesario tener cigarros, por supuesto, los de moda y ahora hasta los ofrecía. Los sábados hacían tardeadas en Cuajimalpa, se ponía de ambiente… Había un pequeño problema, tocaba Alex Lora con su grupo llamado pomposamente “Three souls in my mind” , canciones como “Chavo de Onda” Perro Negro y Callejero” nos hacían sentir identificados. Su música estaba prohibida, atraía a pandillas y se consumían drogas diversas, principalmente marihuana, de lo cual no eran culpables los músicos. Había trifulcas en las que participábamos necesariamente por muy diversos motivos. Después de la tardeada, nos refugiábamos en el bosque, en la cabaña y cantábamos con guitarras que alguno rasguñaba, bebíamos y hacíamos juegos hasta muy tarde, cuando el frío nos obligaba a dispersarnos cada quien a su casa. Abraham, en una vuelta a Apatzingán, regresó con una muchacha, la convenció solamente por aventura y cuando nos desvelábamos, la jugábamos a las cartas, ella no se oponía y se acostaba gustosa con quien la hubiera ganado, como trabajábamos durante toda la semana, y no teniendo compromisos reales, nos quedaba siempre algún remanente que guardábamos, para tiempos de necesidad, nuestros vicios eran baratos, fumar cigarrillos comunes y beber alguna botella de tequila o brandy entre todos, ya que los placeres sexuales los recibíamos gratis de las muchachitas que gustaban de nuestra compañía.
La vida transcurría plácida, sin muchos contratiempos, en un ambiente de camaradería y distensión moral.
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