7.8.4.- La chinita

Por esa época también me aconteció un suceso muy curioso. Estando de turno matutino y casi para terminar, entró en el restaurant una mujer china –si, procedente de la República de China-, bajita, los ojos rasgados, y un traje muy extraño que supongo debió ser un kimono o algo así, eligió una mesa y esperó a ser atendida, me acerqué rápidamente, pero no logré entender una sola palabra, llamé a una mesera a quien apodaban “La Pocha” por su dominio del idioma inglés, pero el resultado fue el mismo. Acudió el cajero, sin lograr siquiera un poco de comunicación, todos los esfuerzos fueron inútiles. El tiempo transcurría, la chinita, al ver que no la entendíamos, tomó la salsa mexicana y empezó a comer trozos de jitomate y cebolla. Como un recurso desesperado, ordené que todo lo que saliera de la cocina le fuera presentado y si aceptaba algo, la mesera correspondiente debía regresar a la cocina y ordenar lo mismo para cumplir con el cliente que se viera despojado de su comida. Quiso la suerte que en esos momentos saliera una “Carne a la Tampiqueña” que es un filete que se acompaña con frijoles refritos y una tostadita, al excelente olor de aquel manjar, reaccionó, estirando la mano. De inmediato le fue dejado el platillo, que devoró con muestras evidentes de satisfacción total, le envié una agua de naranja y se dio por satisfecha, extrajo un bultito de entre su ropa y sacó unas monedas muy pequeñas, dejó varias sobre la mesa y se despidió con una reverencia. Quedé contento de haber resuelto esto, aunque era un resultado impreciso, firmé la nota y todo quedó en paz. Al día siguiente vi, con sorpresa, que regresaba más o menos a la misma hora, guiando a un grupo de doce personas de características orientales como ella. Posiblemente me metería en un problema. Decidí que la atención debería ser como siempre, amable y rápida, ordené unir tres mesas para que estuvieran todos juntos y para mi sorpresa recibí un agradecimiento en perfecto español. Le ofrecí la carta al que habló, pero la rechazó amablemente diciendo “queremos para todos, esa carne exquisita que dieron a ella el día de ayer, agua de la misma y si es posible una botella de vino blanco. Don Manuel se encontraba platicando con el cajero, le pregunté si podíamos servir vino blanco, me contestó que por esta ocasión si. Entré a la cocina y apresuré al personal. Todos comieron muy bien y aunque la cuenta estuvo fuerte, la pagó el intérprete de buen grado, fue con Don Manuel y dejó dos generosas propinas fuera de lo normal, una para la mesera y otra para mí, además de pagar el consumo de la chinita del día anterior. Le comentó que eran un grupo teatral de China que se estaban presentando en el Palacio de Bellas Artes, el día anterior habían perdido a la chinita que llegó a nuestro restaurante y que al volver, ella les había descrito la comida recibida y la atención, razón por la que decidieron venir todos a probarla, que de verdad estaba todo como les contó,. Estarían 3 días más y si no teníamos inconveniente, harían todas sus comidas con nosotros. Don Manuel se sintió halagado por estas palabras, así que pidió las moneditas y me ordenó las regresara a la chinita, junto con un helado llamado “banana Split”. Fue un poco difícil distinguirla de sus seis compañeras, todas se parecían, pero me orientó la mirada de simpatía con que me obsequió cuando me acerqué a la mesa