En el cristianismo del primer siglo
no todos vendieron sus bienes
ni se volvieron indigentes.

Muchos cristianos tenían posesiones
y las usaban para servir a Dios
sin depender de otros.

José de Arimatea era discípulo de Jesús y rico
(Mateo 27:57).

Lidia, vendedora de púrpura,
tenía una casa y recursos (Hechos 16:14-15).

Filemón tenía una casa
donde se reunía la congregación (Filemón 1-2).

Priscila y Aquila
tenían negocio propio (Hechos 18:2-3).

Pedro no mandó venderlo todo;
dijo que las propiedades seguían siendo
de sus dueños (Hechos 5:4).



Conclusión:


El problema nunca fue tener bienes,
sino amarlos más que a Dios.

El cristianismo bíblico
enseña generosidad y responsabilidad,
no indigencia ni dependencia.