Exactamente.
Y ahora no sacamos la palabra milagro de contexto porque todos sabemos que dicha palabra era de origen latino y su significado era que procuraba admiración por hechos asombrosos que por aquellos entonces no se podían si sabían explicar.
Desde la Antigüedad se viene creyendo en el poder de realizar milagros. Al dios griego de la medicina, personificado en Asclepio (Salvador del Mundo), se atribuía el poder de obrar curaciones prodigiosas, incluso resucitar muertos. Desde el siglo vi a. C. se creó una red de templos en su nombre en los que los fieles hacían votos para pedir o agradecer curaciones; el ejemplo más conocido es el santuario de Epidauro.
Otro famoso hacedor de milagros, ya en época más tardía, fue Apolonio de Tiana (siglo i d. C.), al que también se atribuían resurrecciones de muertos. Contemporáneo suyo fue el emperador Vespasiano, del que el historiador romano Tácito narra dos curaciones milagrosas que habría realizado en el año 69 en Alejandría: «Cierto alejandrino le pidió quejumbroso la curación de su ceguera, en conformidad con la indicación del dios Serapis, al que el pueblo supersticioso venera más que a los restantes. Y suplicó al soberano que tuviera a bien echarle saliva en las mejillas y en las cavidades oculares. Otro hombre con una mano enferma suplicó conforme al consejo del mismo dios que el soberano tuviera a bien poner la planta del pie sobre su mano. Y la mano se tornó utilizable en el acto, y el ciego recobró la luz ocular» (Historias 4, 81).
Esto pasa en el Budismo, en el Islam, en el Judaísmo y como no en el cristianismo.
Nada ni nuevo ni extraordinario.





Responder Citando