Las Escrituras muestran que cuando Jesucristo estuvo en la Tierra,
tuvo un cuerpo humano perfecto (1Pe 1:18, 19), y que retuvo su perfección manteniendo
y fortaleciendo su integridad cuando fue puesto a prueba.

Esto estaba de acuerdo con el propósito de Dios de “perfeccionar mediante sufrimientos
al Agente Principal” de la salvación. (Heb 2:10.)