“Y Jesús, después que fue bautizado, subió inmediatamente del agua; y he aquí, los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él.
17 Y he aquí, una voz de los cielos que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”. (Mateo 3:16-17)

Siempre que leía estos versículos, mi imaginación se disparaba, intentando ver esa increíble escena.

¿Cómo sería abrirse los cielos? ¿Qué resonancia tendría la voz de Dios? ¿Cuántos fueron testigos de esta singular maravilla?

Usando un poco la lógica, se puede pensar que esto lo vieron, además de Jesús, todos los que estaban bautizándose en el río y, por supuesto, Juan el Bautista.
Esto fue así, hasta que un día reparé en otros versículos del mismo evangelio, que daban a entender que Juan el Bautista no había sido testigo de esta maravilla.

“Y al oír Juan en la cárcel los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos 3 a preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (Mateo 11:2-3)

Es evidente que Juan no presenció le escena que comentamos, pues de haberla presenciado, sobraba la pregunta de si era el que había de venir.

Pero mi pregunta es: Si Juan no vio abrirse los cielos ni oyó la voz de Dios complaciéndose de su Hijo ¿Quién fue testigo de esto?