Cuán devastadora debió ser la eterna soledad de Jehová, ideando divinos trucos de magia, sin tener público que le aplaudiera.

Hasta que se le ocurrió crear al hombre, haciéndole juguete de sus caprichos.
El árbol de la fruta prohibida, daba comienzo a la puesta en escena de todas sus maquinaciones eternas.

La designación de un pueblo elegido, con el que charlar diariamente, y jugar con él como una persona con su mascota: Me has obedecido: premio. No me has obedecido: castigo; fue una idea brillante por su parte.
También los otros pueblos, vecinos de su pueblo elegido, intervenían en sus puestas en escena de su grandeza.

Para los egipcios había reservado el grueso de sus trucos de magia: sus “maravillas”. Aunque tuvo que forzar bastante la voluntad de Faraón, que no estaba inclinado a conocerlas.

“Y dijo Jehová a Moisés: Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante de Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo”. (Éxodo 4:21)