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Jesús estuvo orando mientras se bautizó. La Biblia registra algunas de sus palabras significativas, citadas después por el apóstol Pablo: “‘Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo. No aprobaste holocaustos ni ofrenda por el pecado’. Entonces dije yo: ‘¡Mira! He venido (en el rollo del libro está escrito de mí) para hacer tu voluntad, oh Dios’”. (Hebreos 10:5-7; Lucas 3:21.)
Así, Jesús se aplicó a sí mismo la profecía de Salmo 40:6-8,
que predecía el propósito de Jehová de poner
fin a los sacrificios de animales que ofrecían los sacerdotes aarónicos
en el templo de Jerusalén.
Jehová no ‘se deleitaba’ en aquellas ofrendas,
en el sentido de que eran solamente típicas
y no podían expiar completamente el pecado humano.
Por lo tanto, Jehová preparó un cuerpo humano perfecto,
el de Jesús, que Jesús podía sacrificar.
Dios transfirió la vida de su Hijo celestial
a la matriz de una virgen judía. Así Jesús nació sin ser
contaminado por el pecado de Adán.
Era un Hijo humano perfecto de Dios,
y su vida podía expiar el pecado de la humanidad. (Lucas 1:30-35.)
Como predijo Salmo 40:8,
el deseo sincero de Jesús era hacer la voluntad de su Padre.
“Por dicha ‘voluntad’ hemos sido santificados
mediante el ofrecimiento del cuerpo de Jesucristo
una vez para siempre.” (Hebreos 10:10,*11.)
Con el sacrificio de la vida humana de Jesús
una vez para siempre,
no se necesitaban más ofrendas en el templo típico de Jerusalén
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