He observado que, en discusiones de religión, no sirve ni la lógica ni la evidencia.
Se den las razones que se den, cada uno mantendrá su posición.
Valga este gracioso chiste como prueba.
Cuatro rabinos acostumbraban a discutir de teología, y tres de ellos estaban siempre de acuerdo contra el cuarto. Un día, el cuarto rabino, cansado de perder siempre en las discusiones contra los otros tres, decidió apelar a la autoridad de una instancia superior.
— ¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¡En el fondo de mi corazón sé que yo estoy en lo cierto y que los demás se equivocan! ¡Por favor, mándame una señal para que pueda probárselo!
Era un día bonito y soleado. En cuanto el rabino acabó de recitar sus plegarias, un nubarrón cruzó el cielo y se colocó sobre los cuatro rabinos.
Retumbó una vez y desapareció.
— ¡Es una señal divina! ¿Lo veis? ¡Tengo razón, lo sabía!
Pero los otros no dieron su brazo a torcer, aduciendo que, incluso en los días más espléndidos, se formaban nubarrones.
Así que el rabino rezó de nuevo.
—Oh, Dios mío, necesito una señal más grande para demostrarles que tengo la razón y ellos no. ¡Te lo ruego, Señor, una señal más grande!
En esta ocasión, aparecieron cuatro nubarrones, se precipitaron unos sobre otros hasta formar un nubarrón muy grande, y un relámpago partió en dos un árbol de una colina cercana.
— ¡Ya os dije que tenía razón! —gritó el rabino, pero sus amigos
insistieron en que no había ocurrido nada que no se pudiera explicar por causas naturales.
El rabino estaba meditando las palabras con las que rogarle a Dios que le mandara una señal muy, muy grande, pero en cuanto dijo: «Oh, Dios mío…», el cielo se puso gris como panza de burra, la tierra se sacudió y una voz profunda y atronadora pronunció: « ¡Él tieeeeene razóóóón!».
El rabino se puso en jarras, se volvió hacia los demás y les dijo:
— ¿Y ahora, qué?
— ¿Qué de qué? — respondió uno de los otros rabinos, encogiéndose de hombros—. Ahora somos tres contra dos.
La Verdad nos hará libres.