3 En un principio, el Reino mesiánico no formaba parte del propósito que Jehová tenía para el hombre. ¿Por qué no? Porque Dios no predestinó el curso de la historia; al fin y al cabo, creó a los seres humanos con libre albedrío. Él reveló a Adán y Eva cuál era su voluntad para la humanidad cuando les dijo: “Sean fructíferos y háganse muchos y llenen la tierra y sojúzguenla” (
Gén. 1:28). También les pidió que respetaran sus normas respecto a lo bueno y lo malo (
Gén. 2:16, 17). Adán y Eva podrían haber optado por mantenerse leales. Si ellos y sus descendientes hubieran sido fieles, no necesitaríamos el Reino gobernado por Cristo para que el propósito de Dios se cumpliera. Y la Tierra estaría llena de personas perfectas que adorarían a Jehová.
4 La rebelión de Satanás, Adán y Eva no hizo que Jehová renunciara a su deseo de llenar la Tierra de seres humanos perfectos. Simplemente tomó otras medidas para conseguirlo. Su propósito no es como un tren, que para llegar a su destino debe circular por una vía específica y al que se le puede hacer descarrilar. Una vez que Jehová declara cuál es su voluntad, ninguna fuerza del universo puede impedir que la cumpla
(lea Isaías 55:11). Si algún obstáculo amenaza con bloquear una ruta, él utiliza otra (
Éx. 3:14, 15).
* Cuando Dios lo considera oportuno, comunica a sus siervos fieles qué nuevas medidas tomará para efectuar su voluntad.
5 En respuesta a la rebelión en el jardín de Edén, Jehová decidió establecer el Reino (
Mat. 25:34). Y en ese momento sombrío de la historia, Dios comenzó a revelar qué instrumento usaría para devolver a la humanidad lo que había perdido y reparar el daño causado por el inútil intento de Satanás de conseguir el poder (
Gén. 3:14-19). No obstante, decidió no revelar de una sola vez todos los detalles relativos al Reino.