En la Ley, los judíos de la antigüedad encontraban
a cada paso indicaciones de que eran pecadores.

Servia como muestra la regla de purificarse
después de tocar un muerto.
Al tercer y al séptimo día
de haber estado en contacto con él,
la persona impura tenía que ser rociada
con “agua de limpieza” ceremonial,
la cual se elaboraba
degollando una vaca roja sana,
quemándola y disolviendo sus cenizas (Núm. 19:1-13).

Otra norma semejante
exigía que las parturientas
guardaran un período de impureza
y luego ofrecieran un sacrificio de expiación.
Así se recordaba
que los seres humanos
transmiten en la reproducción
el pecado y la muerte
(Lev.12:1-8).