¡Lo dice el Génesis! Puso el Eterno a nuestro padre Adán en el jardín del Edén. En mitad de ese jardín puso también el árbol del conocimiento del bien y del mal. Un rio de cuatro brazos fluía para regar los frutos. El nombre del primer brazo, que rodea a la tierra de Havila, y donde hay oro fue el de Pisón. El Génesis añade que el oro de esa tierra es bueno.
La palabra hebrea que equivale a Génesis es Bereshit. La diferencia entre uno y otro libro (¡De libros se trata!) es apenas perceptible, al menos hasta llegar a este punto. Lo importante es señalar la palabra oro. Versículos más adelante les será prohibido a Adán y Eva comer de los frutos del árbol de bien y del mal.
¡Y es aquí donde comienza nuestra historia! Adán era hombre de cuidado que nada dijo a Eva de su vida anterior. Guardaba con celo sus amoríos con Lilit, su primera mujer. El ángel que guardaba el Edén con una espada de fuego fue silenciado con el oro de la tierra de Havilá. La verdad es que al principio nadie sabía de su uso. Pronto el fulgir que desprendía al dar le el sol llamó la atención de Lilit.
Satanás era resabiado. Conocía de sobra el valor de ese oro. Pensó en la manera de ofender a Dios arrebatándole una de sus primeras criaturas. Enseñó a Eva el lucir las joyas y el valor de los vestidos. Le dijo que con la hoja de parra que llevaba tapándole su sexo “no se comería una rosca”. Que Adán era insensible a sus encantos porque ella no se le insinuaba. Que atraía más un gesto, una insinuación que un desnudo. El caso es, que entre las enseñanzas del diablo y las bellas palabras que le dirigía, Eva se entregó. Se decía así misma: ¡Ahora sé lo que es vivir como una diosa!
Adán nada notaba. No se había inventado aun el juego de cartas y los ángeles jugaban mal al fútbol. Los programas de televisión eran pésimos y la única distracción era el onanismo sin que existiera todavía Onam. Al principio lo hacía en soledad. Buscaba a Eva y no la encontraba. Un día lo sorprendió el ángel de la espada y los dos practicaron la esgrima. De tanto como lo hicieron no podían pasar el uno sin el otro. Satanás se reía por lo bajo.
Adán comenzó a tener andares extraños. Decía que le dolían los pies y que necesitaba usar calzado. Prefería que fuese de tacón alto por que le hacían juego con su hoja de parra. El ángel de la espada al verlo de esta guisa se mordía los labios. Sin que nadie le viera pellizcaba a Adán en el trasero.
Notaba Eva que le desaparecían lápices de ojos y carmín de labios. Poco veía a su compañero Adán porque siempre estaba perdido. Había adquirido la extraña costumbre de perderse en la floresta, junto al rio Pisón. Achacaba la perdida de estos productos de belleza a que eran usados para delimitar el terreno que marcaba el reglamento del juego de bolos ¡De ahí que el ángel de la espada también estuviese perdido!
Un día apareció Lilit de nuevo en el Edén. Venía llorando porque Satanás se había cansado de ella. Decía que había otra mujer. El ángel de la espada, el encargado de cuidar los jardines estaba muy ocupado en otros menesteres y no la vio llegar. Eva, que nada sabía de dolor sintió la necesidad de consolarla. Le acarició el cabello y sintió que era suave. El rostro lleno de lágrimas estaba hecho de terciopelo. Los labios eran carnosos. Inadvertidamente una mano rozó el pecho de Lilit. Un extraño escalofrío le recorrió el cuerpo y tuvo la imperiosa necesidad de poseer a aquella extraña mujer, que suspiraba con arrebatos de pasión.
El monje que encontró los pergaminos donde se narraba la verdadera historia del Edén escrita por el ángel de la espada, los arrojó al fuego de manera furibunda