[EL DIOS EMOTIVO, comentario 36]
Ante la gran dificultad que tienen los científicos computacionales para fabricar un sistema inteligente capaz de experimentar emociones y a continuación llevar a cabo una toma de decisiones autónoma y competente, a la vez que desde la teoría de la información resulta bastante inverosímil la idea de que pueda surgir espontáneamente un código capaz de generar una criteriología de base para tomar decisiones, algunas mentes investigadoras se ven en la tesitura de tener que explicar la presencia del ser humano en este planeta no como un accidente evolutivo sino más bien como un experimento de seres extraterrestres de muy alto nivel científico y tecnológico. Incluso algunos han llegado a hipotizar acerca del uso de simios en esa supuesta intervención extraterrestre; monos a los que quizás se les practicó alguna clase de tratamiento biotecnológico en el cerebro, con objeto de que desarrollaran un intelecto superior; y actualmente los hijos de aquellos primates, mentalmente sublimados, serían los seres humanos. Últimamente, la imaginación de ciertos autores se ha disparado hacia el Génesis en busca de indicios documentales que arrojen pistas sobre esos supuestos extraterrestres, y con gran esfuerzo imaginativo han creído ver en el Dios de la Biblia, en los ángeles y en algunos profetas las misteriosas claves que conducen a reconocer a las criaturas productoras de esas huellas biotecnológicas conjeturales. Pero opinan que algo salió mal en el experimento, o que éste se les fue de las manos a sus patrocinadores, de tal manera que el género humano resultante del mismo se ha convertido ahora en una auténtica plaga para este planeta... una plaga que amenaza con expandirse más allá de la Tierra.