Los ilustrados exaltaron la capacidad de la razón para descubrir las leyes naturales y la tomaron como guía indiscutible en sus análisis e investigaciones científicas. Defendían, además, la existencia de una serie de derechos naturales inviolables, así como la libertad frente al abuso del poder absoluto. Todo ello, al parecer, como una forma de reacción ideológica contra el sometimiento medieval de la población y contra el estado de indignidad humana causado por la ignorancia e incultura extremas de una gran cantidad de personas que estaban irremediablemente abocadas a vivir como animales. Pero resulta irónico, a su vez, que dicha ideología, en su afán por hacer medrar la razón, se dejara llevar por las fuertes emociones de repulsa causadas por la contemplación de la vejación humana para, a partir de ahí, establecer sus bases criteriológicas. Es como querer apagar un incendio con otro incendio, esto es, implantar la razón mediante la emoción.