Valiéndose de una parábola sencilla, Jesús indicó que poco después de que sembrara las semillas del cristianismo, entraría en acción su enemigo, Satanás (Mateo 13:24,25). Por lo tanto, la transformación que sufrió el cristianismo durante sus primeros siglos no fue tan solo un fenómeno social, sino, más bien, el efecto de la intervención del Diablo. Hoy, las iglesias de la cristiandad perpetúan los errores del pasado y cosechan por ello las consecuencias
(2 Corintios 11:14, 15; Santiago 4:4).


Jesús pronosticó que se adulterarían sus enseñanzas, al decir: “El reino de los cielos ha llegado a ser semejante a un hombre que sembró semilla excelente en su campo. Mientras los hombres dormían, vino el enemigo de él y sobresembró mala hierba entre el trigo, y se fue”. Aunque parezca extraño, cuando los siervos avisaron al amo de la maldad que se había cometido y le pidieron permiso para arrancar la mala hierba, él les respondió: “No; no sea que por casualidad, al juntar la mala hierba, desarraiguen el trigo junto con ella. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la siega; y en la época de la siega diré a los segadores: Junten primero la mala hierba y átenla en haces para quemarla; entonces pónganse a recoger el trigo en mi granero”
(Mateo 13:24-30).

Como explicó Jesús, el sembrador de trigo de esta comparación era él mismo, y las semillas, los cristianos verdaderos. Por su parte, el enemigo que sembró mala hierba entre el trigo no era otro que “el Diablo”. La mala hierba representaba a rebeldes apóstatas que fingirían servir a Dios
(Mateo 13:36-42).

El apóstol Pablo aclaró lo que sucedería: “Después de mi partida entrarán entre ustedes lobos opresivos y no tratarán al rebaño con ternura, y de entre ustedes mismos se levantarán varones y hablarán cosas aviesas para arrastrar a los discípulos tras de sí” (Hechos 20:29, 30).