Amigo(a) Porque25,

Pregúnto:
En lugar de decir: "Jesús abolió", ¿No sería mejor decir: Jesús perfeccionó?

En el Antiguo Testamento Dios entregó los Diez Mandamientos a Moisés en el Sinaí para ayudar a su pueblo escogido a cumplir la ley divina.
Jesucristo, en la ley evangélica, confirmó los Diez Mandamientos y los perfeccionó con su palabra y con su ejemplo.

Acorde a las escrituras en el Nuevo Testamento, Jesús reconoció su validéz e instruyó a sus discípulos a que los perfeccionaran, exigiendo una justicia superior a la de los escribas y fariseos. Resumidos por Jesús en dos "grandes mandamientos" que enseñan el amor y al prójimo. Estos tienen como finalidad educar a las personas en ambos aspectos:

Los primeros tres mandamientos exígen respeto hacia el nombre de Dios, La observación del Día del Señor, y la prohibición del culto a otros dioses.
Los restantes tratan de las relaciones con el prójimo, como por ejemplo: el vínculo entre el padre el hijo; y prohiben la mentira, el hurto, el asesinato, el adulterio, la avaricia.

Jesucristo según sus propias palabras, no vino a suprimir la Ley del Antiguo Testamento, sino a darle su perfecto cumplimiento. El Sermón de la Montaña lleva a la Ley Natural y a la Ley de Moisés a su clímax de perfección.
No vino Cristo a suprimir o contradecir la Ley dada por su Padre a Moisés en el Monte Sinaí, pero sí a liberarla de las interpretaciones y desviaciones meramente humanas de los escribas y fariseos. (Mt. 5,17)

¡Qué impresión habrán tenido sus oyentes cuando asegura con una autoridad obviamente divina: "Habéis oído decir a vuestros mayores... pero Yo os digo..."!

Con frases contundentes, con ejemplos clarísimos, de un golpe, eleva y sublima la Ley. Si los hombres habían complicado y malinterpretado la Ley de Dios, Jesucristo le da su auténtico significado, que al tiempo de liberarla de las complejidades farisaicas, la hace más exigente al darle una interioridad y una extensión no conocidas hasta entonces.

Como ejemplo veamos el perfeccionamiento del 5º Mandamiento. (Mt. 5, 21-26)
Según los escribas y fariseos, el lacónico "No matarás" se refería tan solo al acto exterior del homicidio, pero Nuestro Señor va mucho más lejos, cortando la raíz misma de un posible daño al prójimo:
"Cualquiera que se enoje con su hermano, comete un delito" (Mt. 5,22).
El pecado no es tan solo matar físicamente sino el simple rencor, el odio, el desear mal al prójimo, el insulto, el desprecio.
Habremos de responder ante el Tribunal Supremo de todos esos actos tal vez interiores que nunca llegaron a manifestarse en un acto de violencia.

Y el "Ojo por ojo y diente por diente". . .
Nuestro Señor condena dicha ley y lleva a sus discípulos a alturas ciertamente tan sublimes como difíciles de alcanzar.

"Ustedes saben que se dijo 'ojo por ojo, diente por diente'. En cambio Yo les digo: No resistan a los malvados. Preséntale la mejilla izquierda al que te abofetea la derecha y al que te arma pleito por la ropa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Dale al que te pida algo y no le vuelvas la espalda al que te solicite algo prestado". (Mt. 5,38-42)

Con figuras atrevidas, impactantes, Cristo nos está diciendo que la mejor manera de acabar con el mal es haciendo el bien. Si concedemos al adversario el doble de lo que él pide, se rompe su armadura mental y al final reconocerá que estaba errado.

Para terminar, un dicho muy popular dice que:
"hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro",
pero para darle perfecto cumplimiento al dicho habría que añadir que:
debe ser un buen hijo, un buen árbol y un buen libro,
porque de otra manera, habríamos hecho más mal que bien.