Copio y pego.
De igual manera se sentía el Jesús de los sinópticos, como un profeta de los últimos tiempos. También él (influido tanto respecto al contenido como a la forma por Daniel y, sobre todo, por el libro de Henoc, dependiente a veces hasta literalmente) contaba con la pronta realización terrenal del reino de Dios –su idea favorita, que en Marcos aparece catorce veces, en Lucas treinta y en Mateo todavía más (describe Mateo, es el único autor neotestamentario, el concepto de “reino de Dios” con la expresión no utilizada por Jesús de “reino de los cielos”, una transcripción rabínica protocolaria por aversión del tardojudaísmo a pronunciar el nombre de Dios)-. Y la Iglesia explicó como idéntico este “reino de Dios” con la Iglesia y se declaró como pedagoga para el “reino de los cielos”, con lo que invierte el contenido, es decir, deja para el más allá lo que los primeros cristianos esperaban para este mundo y, naturalmente, todo ello apoyándose en Jesús.
Y es que también Jesús, como los profetas, los Apocalipsis judíos, los esenios, Juan el Bautista... contemplaba su generación como la última, había sonado ya la vieja alarma apocalíptica. Estaba totalmente convencido de que el tiempo había expirado y que algunos de sus discípulos “no iban a morir, iban a ver llegar el reino de Dios con poder.” Que no iban a acabar con la misión en Israel “antes de que viniera el hijo del hombre.” Que el juicio de Dios se “iba a consumar en esta generación.” “En verdad os digo”, profetiza, “no pasará esta generación sin que todo haya sucedido.”
Queda pues claro no sólo cómo Jesús, colocando en el centro de su predicación el anuncio del cercano reinado de Dios, empalmaba con todas las percepciones de su tiempo, con la escatología tardojudía (aun cuando esta fe con la eliminación del elemento nacionalista en Jesús experimentó una cierta limpieza, lo que ya estaba dispuesto en el judaísmo), sino también lo gravemente que él se engañó. Esto lo escribió por primera vez en el siglo XVIII el orientalista hamburgués Hermann Samuel Reimarus en su trabajo de 1400 páginas, nunca publicado en vida por prudencia, Del fin de Jesús y de sus discípulos. Bastante más tarde se ampliaron estos conocimientos y fueron mostrados por los teólogos Johannes Weiss y Albert Schweitzer. Hoy día esta teoría la defienden como un hecho copernicano en este campo casi todos los teólogos no atados y obligados por el dogma, el juramento y el imprimátur. “La total convicción de Jesús de la pronta llegada del juicio y de la consumación”, escribe el teólogo Heiler, “hoy no lo discute ningún teólogo serio y leal.” Y el teólogo Bultmann remarca: “Es claro que Jesús se equivocó en la esperanza del cercano fin del mundo.”
Pero no sólo se equivocó –en lo esencial de su mensaje- el Jesús de los sinópticos sino también toda la cristiandad primigenia, ya que vivió los días y años tras la muerte de Jesús en una tensión expectante, convencida de su pronto regreso y contando con el inminente reinado de Dios. En toda la literatura cristiana de los primeros tiempos, tanto fuera como dentro del Nuevo Testamento, se sigue afirmando esta idea hasta muy entrado el siglo II.
Incansable y absolutamente seguros profetizan obispos, santos y cartas apostólicas (falsificadas, pero que están en el Nuevo Testamento) la llegada del último tiempo, de los últimos días y horas, prometen la pronta recompensa para los buenos y el castigo para los paganos, anuncian el regreso inminente del Señor. Incluso alrededor del 200 hay un importante documento de la comunidad de cristianos de Roma en donde el padre de la Iglesia, Tertuliano, asegura que “estamos ya al final de los tiempos”: Estamos determinados por Dios desde antes de la creación del mundo para el final de los tiempos. Él no sólo escribe: “el espectáculo que va a resultar en breve para nosotros el regreso del Señor”, sino también que “en Judea” “en los amaneceres, durante quince días, pendía una ciudad del cielo...”





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