Ante la muerte, el dolor es lógico. Más que lógico, es natural. El mismo Jesucristo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro, sabiendo que para Él, nadie está muerto (y, encima, iba a resucitarlo después). Pero los sentimientos humanos que todos tenemos, nos conmueven, como también se conmovió Jesucristo ante tanta tristeza como vio cuando fue a visitar la tumba de su amigo.

Otra cosa es el dolor patológico, el duelo eterno, sin esperanza. Lo sufren los que creen que esta vida se acaba en el hoyo, que no hay un Padre esperando al otro lado, que no hay sentido para nada. Este dolor sí que es dramático y es insufrible.