En el hospital las cosas para mis hermanas, mi hijo y mi esposa no eran fáciles, los controles propios para el acceso, les impedían estar mucho tiempo conmigo, durante el coma, en un principio les decían que iba a morir, pero al paso de los días cambiaron el diagnóstico, ahora les decían que posiblemente viviría, pero quedaría en estado vegetal, y 26 días después abrí los ojos, aunque no reconocía a nadie. Mis hermanas platicaban (hacían monólogos para mí) que yo no entendía y se retiraban llorando. Cuenta mi hermana Dora María que en una de estas visitas, cuando se retiraba, moví mi brazo derecho y la sujeté por un codo, como dándole ánimo. La primera vez que recuerdo algo, sucedió cuando me visitaron Estela y Elsa, Elsa me preguntaba Paco ¿sabes quien soy?, no sabía, la miré con mucho cuidado y dije “mi tía Beata”. “No estoy tan vieja”, me dijo, nuevamente la miré con atención “mi hija Heidi”. Tampoco tan joven, ¡mírame bien!, esta vez acerté “la cocona”, que fue el apodo familiar que le dábamos de niña y se soltaron a llorar. No entendía que dije mal hasta después que comprendí que lloraban de alegría por mi notoria mejoría, había sido un cuerpo sin alma por un periodo largo de tiempo y esta era la primera señal de recuperación. Estando inmóvil durante tanto tiempo mis músculos se atrofiaron, no tenía fuerzas ni para cambiar de posición en la cama –siempre boca arriba- . Una mañana llegó una doctora que me preguntó ¿quiere volver a caminar? Por supuesto le contesté. “Pues tendrá que hacer muchas terapias y ésta será la primera” tomó mi pierna izquierda, que yo no podía mover a mi voluntad y doblando mi rodilla trató de flexionarla, pero desde un costado de la cama debió serle difícil, por el peso natural, entonces subió a la cama, puso un pie a mi derecha y otro a mi izquierda y nuevamente intentó, esta vez con mayor éxito, flexionaba y trataba de acercar la rodilla a mi pecho, estos movimientos me resultaban muy dolorosos y me hacían gritar y derramar abundantes lágrimas, pero recuerdo que por la posición sobre mí, vi sus piernas, sus calzoncitos azules y todo lo que se puede apreciar desde abajo. Pero no tuve siquiera un mal pensamiento –algo raro en un patán como yo.- Entonces sucedió algo que dio fin a aquella tortura, en una flexión toqué con mi rodilla su área genital. Se sonrojó fuertemente y se quejó “ay Don Francisco, no está tan malito” no fui yo, protesté, usted me está moviendo la pierna, se retiró y no la volví a ver.