Cuando alguien se reconoce a si mismo como idiota, no hay porque desmentirlo. Sobre todo cuando es pelotudamente idiota.
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Haciendo a un lado la hojarasca, apropiada para escobas más que para atención, me voy con Juan Antonio.
A veces pasa, amigo. Esta mañana precisamente leía un buen comentario sobre esa cosa que muchas veces pesa, esa que aparece como dicotomía y que en realidad no es sino las dos caras de la moneda de la vida. El pesimismo y el optimismo.
Y frente al comentario y tu post, me quedé pensando que, como dijo alguno, muchas veces los problemas no tienen solución porque no la tienen, y muchas veces no la tienen porque nos planteamos mal el problema.
Porque...¿es realmente necesario que dejemos una huella en la vida?. Bien, tenemos hijos o nó, nos "proyectamos" en alguna medida en cosas, en objetivos. Y quizá, solo quizá, en eso perduramos de alguna manera, el viejo sueño de nuestra soberbia como especie.
En realidad no somos más que un pequeño garbanzo que nos creemos "únicos e irrepetibles", y sobre la frasesita que queda bien para conversaciones edificamos esa pretensión de trascendencia, de importancia. Yo no creo que el hombre hizo a Dios a su imágen y semejanza porque sí. Lo creo porque si el tipo estuviera de verdad por allí y se detuviera un minuto a observarnos, creo que se cagaría un buen rato de risa de nosotros, y si fuera bueno echaría cada tanto un consejo, tipo Ortega y Gasset: "¡A las cosas!".
Y no que uno -yo, p.ej.-, se aparte de los momentos que a veces los días proponen. Pero de tanto golpear la cabeza contra el clavo, mirá, me he convencido que lo único santo es irse a dormir previo un par de Jack´s acomodadores, con la obligación de despertarme mañana pensando en mañana. Que es nuestro, pero no mío.
Chau