pues mi buen Pakasso, creeme que si lo comprare, nomas el rollo es saber si saldra a nivel Nacional.
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pues mi buen Pakasso, creeme que si lo comprare, nomas el rollo es saber si saldra a nivel Nacional.
7. Inicio de un dulce sueño.-
Con María supe de una forma de cariño diferente al que estaba acostumbrado. Me inspiraba a escribir poesías para ella, las que guardaba en una libreta, llegando a sumar más de 100, tal vez sin calidad literaria, pero sí escritas con toda el alma y el objetivo de que fueran gratas a sus ojos y a su corazón, me sentí amado, correspondido y todo era maravilloso, nos veíamos a diario, y empezamos a soñar en un futuro juntos, una casita para nosotros, en un hijo, pero era una utopía por mi pobreza, empecé a buscar trabajitos que pudiera realizar en mis tiempos libres y a encontrarlos, por ejemplo; repartía ejemplares de directorios telefónicos, tarea ardua que se realizaba de casa en casa, con un diablito cargado, en el que había que separar los nuevos por entregar y los usados recogidos.
7.1. Un nuevo amigo.-
Tengo que hacer un paréntesis para contar una anécdota que trajo a un nuevo amigo a mi vida. Jaime, conoció a Martha, la hermana menor de María, que también era muy bella, y fue a verla una tarde, se encontró con un rival, que pretendió amedrentarlo para que no volviera por ahí, me ofrecí a acompañarlo y servir de mediador. Llegamos al lugar a donde se iba a ver con ella y nuevamente se apareció el rival de la vez anterior, decidido avanzó hasta nosotros y pretendió iniciar un intercambio de golpes con Jaime, intervine y le dije que no era necesario, si la chica lo había citado ahí, tenía todo el derecho ya que era soltera. Me contestó que eso sería por poco tiempo, que él era el novio y no estaba dispuesto a que le anduvieran rondando la paloma, argumenté que esa decisión debería tomarla ella y para evitar situaciones como ésta, esperáramos a que se presentara y que ella decidiera a cual de los dos prefería, retirándose en paz el perdedor, sin rencores, como hombres. Estuvo de acuerdo, cuando ella llegó le expuse el problema y le pedí que honestamente eligiera. Ella dijo a Jaime, que podrían ser amigos, que Ismael no había mentido, era, efectivamente su novio y así seguirían, nos despedimos y acompañé a Jaime a la casa. Regresé para mi cita con María y efectivamente, pude comprobar que Martha e Ismael eran novios desde hacía un tiempo. Ismael me agradeció la intervención asegurándome que de cualquier forma él hubiera ganado en un enfrentamiento a golpes, tenía más de una docena de primos que se apoyaban mutuamente. Tuve oportunidad de comprobarlo cuando un tiempo después, estando frente a la casa de ellas pasó una pandilla, eran cuando menos diez y acariciaron a Martha antes de que tuviera tiempo de reaccionar. Ismael se levantó de inmediato pero fue recibido a golpes, como estaban sentados cerca de nosotros, tuve que entrar al quite, pero no pudimos evitar que nos golpearan a los dos. Más que el dolor por los golpes, nos dolía la humillación recibida frente a nuestras novias, pensé en mis compañeros de la casa de estudiantes, para quienes entablar una pelea era una invitación que no podían rechazar, pero Ismael me dijo que al día siguiente iríamos por la revancha en compañía de sus primos. Llegaron puntuales, pero no solamente sus doce primos, sino un total de 23, bajamos por la colonia Vasco de Quiroga y recorrimos las calles hasta encontrarlos, hicimos lo que se acostumbraba, fuimos los dos solos frente a la pandilla, siendo reconocidos de inmediato, a pesar de que aún estábamos hinchados por los golpes del día anterior, se levantaron todos con la intención de agredirnos nuevamente cuando llegó la caballería, los nuestros aparecieron con palos, piedras y botellas, los derrotamos totalmente sin permitirles huir, en un movimiento envolvente, aún así Ismael los amenazó para que no volvieran a subir a donde nos habían golpeado el día anterior. Nos retiramos contentos y más amigos que antes.
Hola a todos los foreros, los saludo con gusto. Me siento feliz de estar nuevamente con ustedes, tuve un accidente con mi router y no podía acceder a internet durante mas de 10 días, pero ahora que regreso, con mucho gusto les pongo otros pedacitos de mi libro.
Ismael manejaba un carro materialista con el que cargaba arena, me propuso que aprendiera a manejar bajo su dirección y responsabilidad, para que lo reemplazara en ocasiones. Fue algo difícil, el único artefacto que había manejado era una bicicleta y éste era un carro de volteo, con velocidades y dual, frenos de potencia y palancas que no lograba controlar, me decía que tenía que hacer y después me dejaba manejar, al principio, controlar el clutch parecía imposible, el carro se apagaba después de brincar como caballo encabritado, pero con el tiempo fui encontrando el modo y llegué a manejar un poco mejor, esta situación se agravó con el camión cargado; zigzagueaba peligrosamente y fue un nuevo aprendizaje.
7.2.- Día de campo
Tuve mi prueba de fuego cuando una hermana de María más chica y su novio – Uno al que apodábamos “chespirito” por su parecido al cómico de la tele - propusieron una excursión al Kilómetro 23, un bosque de pinos muy bello situado a la orilla de la carretera a México.
Hicimos acopio de latería, tostadas y verduras. El primer problema fue que al ser seis en la cabina apenas cabíamos y eso llevando a las muchachas sentadas en las piernas. Pasamos un día maravilloso, pero como nos separamos, ellos, (los varones) tomaron vino y se emborracharon, yo, aún no tenía esas costumbres y a la hora de regresar -un poco antes de que se hiciera noche- no estaban en condiciones de manejar, por lo que tuve que hacerlo, para empezar fue sacar el camión del bosque y en una reversa mal hecha, derribé un pino joven con gran susto de todos. Afortunadamente nadie nos vio y salimos a la carretera, ya en ella, era aterrador cuando venía algún carro en sentido contrario, parecía que no íbamos a caber en ella pero no hubo problemas, regresamos a Morelia cuando empezaba a caer la noche, muy a tiempo. Circular por la carretera de noche hubiera sido muy feo. Con esta experiencia cobré valor y de vez en cuando acompañaba a Ïsmaél a traer arena y ganaba unos pocos pesos.
7.3.- Buscando empleo
Entusiasmado por la ventaja de ganar aunque fuera un poco, solicité trabajo en una mueblería, mi Currículum Vitae no tenía experiencia laboral válida pero ser estudiante de preparatoria a mi edad imponía y me contrataron por las cercanías del mercado Independencia, trabaje un tiempo y reafirmé mi decisión de casarme con María. Un amigo de mi hermana Estela me ofreció ayuda para trabajar en Guadalajara. Acepté y nuevamente ¡allá vamos! Me recibió muy bien en su casa y me dijo que por lo pronto estaban vendiendo telas y otros artículos en las rancherías de la periferia, lo acompañé varias veces, pero no me gustó el método. Buscábamos telas con diseños extraños en el Mercado de San Juan y luego íbamos a las rancherías, donde decían ser marineros a los que había dejado su barco y estaban vendiendo esas finas telas para alcanzarlo. Mojaban un pedazo con gasolina blanca y le prendían fuego, antes de que terminara la combustión de la gasolina, apagaban el fuego y estiraban la tela para mostrar que era buena y resistente, vendían una cantidad considerable, con buenas ganancias, pero no me decidí a mentir tan descaradamente. Después fuimos a un restaurante de comidas yucatecas que tenía su tío y probé durante una semana, al parecer al tío le agradó mi trabajo porque me quedé, pero en lugar de mostrar gusto, Rigo, que así se llamaba el amigo de mi hermana, se molestó porque él no obtuvo el trabajo, siendo familiar.
Su familia me trataba muy bien, su mamá y su hermana nos preparaban la comida y planchaban la ropa, a cambio contribuíamos a la economía familiar. Tuve oportunidad de conocer lugares hermosos de Guadalajara como el Parque Agua Azul, El Alcalde y otros, pero también algunos sórdidos como la penitenciaría y la zona de tolerancia cerca del mercado de San Juan. Ahí, por malas compañías fui varias veces sucediendo una aventura de la que salimos bien., pero que pudo tener graves consecuencias. Llegamos a un burdel, donde consumimos cerveza y bailamos con las meretrices, una de ellas nos invitó a ir a otro lugar a pasarlo bien, nos reunimos los cinco que íbamos y acordamos decirle que sí, uno de ellos conocía un hotelito cercano donde en el turno de la noche cuidaba un amigo suyo, llegamos y fue por delante a hablar con él, consiguió un precio barato, con la condición de que no nos quedaríamos toda la noche, así que pasamos con la mujer y de pronto nos vimos los cinco en el cuarto, con ella sin saber que hacer, ella sonreía y dijo de pronto “bueno, ¿quien quiere ser el primero? Nos quedamos mudos, claro que todos queríamos, pero no nos atrevíamos, decidió elegir ella, con la condición de que los demás podíamos observar pero no tocar. Jaló a la cama al más delgado de nosotros y al terminar se fue a bañar, tomó a otro y repitió el baño, me tuve que conformar con un deshonroso tercer lugar y realmente no fue agradable, me quedé pensando ¿que sentiría el último?, sin embargo algunos quisieron repetir, me vestí apresuradamente y salí con el pretexto de pedir un cambio que en realidad no existía, los esperé en la esquina y cuando el último salió, corrimos por las calles y subimos a un camión que pasaba, busqué en mis bolsillos y no encontré mi cartera, me consolé pensando que en realidad tenía muy poco dinero. Nadie tenía dinero, así que improvisamos, le pedimos al chofer que nos alejara sólo algunas cuadras porque habíamos tenido un pleito con una pandilla y temíamos una agresión.
7.4.- En México capital
No volví a aceptar una invitación a ese lugar y pasados algunos meses, regresé a Morelia con muy poco dinero y nuevas metas. Mi hermano Efrén vivía en México y me invitó a buscar trabajo, ya que había perdido el año escolar. Él vivía en un pequeño cuartito en la colonia Algarín y estaba abonado con la pareja que vivía en la casa, habló con ellos y consintieron en darme comidas por el pago correspondiente, el hombre, llamado Antonio y apodado “El Bachiller” trabajaba para una fábrica de mochilas ubicada en la colonia, me propuso hablar con su patrón y gracias a su intervención obtuve mi primer empleo, consistía en manejar una máquina muy sencilla, a la que se le ponía un cuero y un molde que al oprimirlo cortaba de forma perfecta la parte de cuero de las hebillas, sin que fuera necesario aplicar mucha fuerza, había aproximadamente 8 empleados, que me llamaban “paquito”, aunque el diminutivo no era por estimación, sino despectivo, por creer que al ser provinciano, era menos que ellos, sin embargo esto cambió de pronto, un día faltó el muchacho que hacía las entregas a todas las tiendas “Blanco” y “Aurrerá”, cadenas comerciales a las que surtía la fábrica y el patrón empezó a buscar quien podría suplirlo, nadie parecía querer hacerlo, por lo que me ofrecí, de inmediato, me preguntaron por mi experiencia, les conté que estaba estudiando la preparatoria en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y que había trabajado en una mueblería. El patrón, con alguna reticencia me mandó a entregar la mercancía. Antes de salir le pedí una copia del catálogo de productos, que no llegaba a veinte, y me encargó que solicitara algunos cheques pendientes. Todo salió muy bien, regresé con los cheques y dos pedidos más, el empleado no volvió a presentarse y me quedé con su puesto, que pagaba más y era superior a todos los otros. El trato cambió, ahora de verdad me sentí valorado. Como suele suceder a los provincianos, una pandilla que se reunía frente a la casa me molestaba, aunque era uno en especial, temeroso le conté al “Bachiller” y me dijo que tenía que darme un “entre” con ése, que ganara o perdiera me dejarían en paz, habló con los compañeros de la fábrica y todos ofrecieron apoyarme. Elaboraron un plan, en el cual yo debería, al día siguiente plantarme frente al provocador y agredirlo sin más, con la seguridad de que si los demás intentaban hacer bola contra mí, ellos entrarían al quite y así lo hicimos, temblando de miedo pasé frente a él, quien conforme a su costumbre trató de atravesar su pie, buscando que me cayera, más por el pánico que por valiente le dí una fuerte patada en la cara, ya que estaba sentado en la banqueta y ya se preparaba la pandilla para ir sobre mí cuando surgieron mis compañeros pidiendo que nos dejaran solos, mi pánico aumentó, yo veía al pelafustán aquel como alguien superior, sin embargo lo ataqué a puñetazos y patadas tan rápido que no se pudo defender y cuando se sintió perdido me dijo “¡ya estuvo! ¡ahi muere!”, mis compañeros me detuvieron y para mi sorpresa no volví a tener problemas con nadie, por el contrario, a veces hasta me invitaban a tomar alguna cerveza y la mayoría de las veces les agradecía, pero no los acompañaba. El tiempo me dio la razón, un día llegó la policía por ellos y los llevaron presos, le conté al “bachiller” y fuimos juntos a buscar a un Licenciado de su confianza, quien actuó eficazmente, logrando liberarlos en dos días. El festejo por su libertad fue en grande, hubo cerveza, tequila y pulque, definitivamente se terminaron los recelos en mi contra y fui aceptado como un “ñero” más, aunque con un cierto respeto para mí y posteriormente para mis hermanas que también llegaron desde Apatzingán, huyendo de la custodia paternal.
Me encanta tu thread..
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7.5.- Un nuevo aprendizaje
Habiendo terminado el ciclo escolar, decidí regresar a Morelia para inscribirme nuevamente en la prepa. Me fue fatal, ya no contaba con el respaldo económico de mi padre y los trabajitos que conseguía no daban lo suficiente para mantenerme. Abandoné definitivamente los estudios y marché de nuevo a México y empecé a buscar empleo, compraba el periódico y en la sección correspondiente, marcaba los que podían ser una opción, tenía varios juegos de copias de los documentos que me podían pedir y fotografías para pegar en las solicitudes que llenara. Me pedían identificaciones y no las tenía, me enviaron a una oficina de afiliación al PRI y me extendieron una credencial de militante que me permitió conseguir trabajo. Primero vendí libros con poco éxito, algunas enciclopedias se vendían más pero cuando me dieron a vender métodos de inglés, aunque la primera semana me fue bien, siguiendo mi costumbre de leer casi todo lo que me caía a la mano, hice lo mismo, no logré entender la esencia y no pude vender uno más. Perdí las ventas, pero gané en un conocimiento real “no puedo convencer a otros de lo que yo no estoy convencido, a menos no, sin un entrenamiento.
7.6.- Trabajo en restaurante
Después de mucho buscar, conseguí trabajo en un restaurante de pizzas y mariscos llamado “La Ballena Azul”, ubicado en la Avenida Paseo de la Reforma, por principio me dieron un uniforme con chaleco azul y corbata de moño y me pusieron en la puerta, con la carta en la mano, invitando a los transeúntes a pasar, después de la primera semana me enseñaron a atender las mesas, labor que hacía compitiendo con otros muchachos más despiertos que yo, quienes se ganaban una comisión extra por cada cliente atendido. La clientela era diversa, lo mismo jóvenes que viejos y sin distinción de estratos sociales, la paga era muy reducida y las propinas y comisiones, apenas lograban compensar un poco, pero era un trabajo seguro. Entre los clientes que visitaban el restaurante, había una familia española, muy elegante que siempre pedían pizzas, a la que me tocó atender en dos ocasiones. En la segunda, al terminar de comer, el jefe de la familia, un español de mediana estatura y de edad avanzada me preguntó por mis ingresos, le contesté con sinceridad y entonces me dijo muy serio que él tenía un negocio llamado ´”Café y Restaurant Súper Leche” le pregunté ¿por qué entonces viene a comer a La Ballena Azul? Se rió estruendosamente diciéndome, porque venden comida diferente y a mi familia le gusta mucho la pizza que preparan aquí. Entonces me hizo una propuesta de trabajo para su restaurante, me ofreció un sueldo superior, un puesto superior, comidas y departamento. ¡Era increíble! Hasta para pensar mal, pero no podía ser, se veía un señor formal con su familia, no podía estar haciéndome una propuesta indecorosa frente a ellos sin que hubiera nada que lo delatara. Después de un par de días, decidí que no perdía nada con intentarlo, me presenté al lugar y no me decepcionó, era un restaurante popular, con muchas mesas, una barra de unos 10 metros atendida por 3 personas que lo mismo servían cafés que algunos cocteles de mariscos y de aproximadamente 20 mesas atendidas por meseras uniformadas, pregunté por la persona y me condujeron a través de la cocina a una pequeña oficina situada al fondo, en lo alto. El señor se encontraba trabajando en un mar de papeles con su contabilidad, al parecer le agradó que me hubiera presentado, porque se puso de pie y me arrimó una silla, me contó que un “encargado” había dejado el empleo y estaba tratando de seleccionar a su reemplazo, que había hecho la misma propuesta a otros dos, pero que yo era el primero que me presentaba y como ya me había visto trabajar, creía que llenaba el perfil, a saber, rápido y atento.
AGRADEZCO SUS COMENTARIOS Y LES CUENTO QUE ESTOY COMO NIÑO EN MADRUGADA DE REYES, ME MUERO POR VER EL PRIMER EJEMPLAR IMPRESO
7.7.- Súper Leche
Nos arreglamos fácilmente y pasé una semana aprendiendo la carta, que se presentaba a los clientes en español e inglés, después pase a la cocina para observar cómo se preparaban los diversos platillos, en su mayoría de procedencia española, aunque sin intervenir en su elaboración. Una vez ducho en explicar los ingredientes y en los cubiertos a usar, me destinaron, por fin a la atención al público, me sentí nervioso pero logré superar la prueba y a partir de ahí fui oficialmente “El Encargado”.
7.7.1.- En peligro de muerte
Fui a Apatzingán por una semana y llegado el domingo, por la tarde entré a un lugar llamado “Salón Riviera” donde se realizaban tardeadas, amenizadas por un conjunto local, elegí una mesa pagué el cover y pedí un refresco, estuve bailando con algunas conocidas y de pronto me fijé en una morenita que me miraba atentamente, La invité a bailar y aceptó, congeniamos mucho, el vivir en México me servía para que mi plática resultara interesante a sus oídos, nos quedamos hasta que terminó la tardeada, alrededor de las doce, entonces, me ofrecí para acompañarla a su casa, me invitó a pasar y tomar un café, cosa rara , ya que en Apatzingán no se acostumbra, me comentó que sus papás no se encontraba por haber ido a Tepalcatepec y regresarían al siguiente día por la tarde. Aún con mi poca experiencia, vi ahí la oportunidad de pasar una noche de placer, así que me quedé a dormir con ella, pero en mi casa no estaba permitido pasar la noche fuera, los varones podíamos llegar a cualquier hora pero no faltar, era algo que mi padre no pasaba por alto, así que como a las cuatro de la madrugada de vestí y me puse los zapatos, me disponía a salir cuando una voz recia, de hombre empezó a llamar, “Miíja, ya vine, ¡ábreme!” ella se asustó mucho y me dijo “¡mi marido!, escóndete porque si te encuentra te va a matar” . Pero ¿dónde? Ni modo que en el ropero. Pensé en huir por la ventana pero tenía una reja de varillas de acero, imposibles de romper, así que con la certeza de estar viviendo mis últimos momentos, buscaba desesperadamente por donde escabullirme, alcancé a ver hacia donde abría la puerta, me coloqué de modo que al abrirla, esta me cubriera un poco. Ella se puso una bata y le dije que abriera la puerta, la abrió y se arrojó a sus brazos, cubriéndolo con la bata, la desesperación me presentó la oportunidad de salir corriendo, aproveché el pequeño hueco disponible entre sus cuerpos y la abertura y salí disparado. Parecía que todo iba bien, pero de pronto choqué fuertemente con alguien, otra persona que venía con el marido, fue muy sorpresivo, caí, pero el miedo me hizo levantarme antes que el otro y me eché a correr en la obscuridad. Detrás de mí oí que gritaba ¡un bandido!, ¡un bandido! Y enseguida el zumbido de las balas que pasaban muy cerca de mí. No recuerdo si oí los estampidos de un arma de fuego, el pánico me daba alas y recorrí la cuadra en un instante, al dar la vuelta en la esquina, pude apreciar que los dos iniciaban la persecución detrás de mí. Llegué a la otra esquina y antes de doblar me hicieron nuevos disparos que afortunadamente no me pegaron. Así, zigzagueando, recorrí una buena parte de la colonia y me encontré de pronto con mi antigua escuela secundaria, los perros se me dejaron venir, pero ahí obtuve un premio a mis buenas acciones de estudiante. El perro grande, uno corriente, negro, al que llamábamos “blackie” me reconoció a la primera llamada y cesó su ataque, a ése, cuando estuve en la secundaria, le daba pedazos de mi torta o tacos que desayunaba, el otro también dejó de ladrar, me tiré pecho a tierra en el jardín y cuando los perseguidores aparecieron, los perros se olvidaron de mí y ahora fueron contra ellos, desde mi escondite escuché como le decía uno al otro “ése ya pasó por aquí, a lo mejor nos lleva tres cuadras de ventaja, ya no lo alcanzaremos, y dieron la vuelta acosados por los perros. Pasado como una hora me levanté y fui a mi casa. Empezaba a amanecer, entré por la huerta sigiloso y de pronto me sorprendió la voz de mi padre que dijo “que bueno que ya te levantaste, para que acompañes a tus hermanas al mercado” no sé si realmente lo creía así o si lo hacía para castigarme, porque fue un tormento mantenerme despierto mientras ellas elegían jitomates, cebollas, frijol y demás alimentos para preparar. Una vez más salí bien librado y con un aprendizaje vital. “La mujer ajena es fruto prohibido”.
Una nueva etapa de mi vida dio comienzo con mi ingreso al trabajo en “Súper Leche.” El puesto de “encargado”, era un equivalente a “Capitán de Meseros”, consistía en tener organizado el servicio, distribuir las mesas entre las cinco meseras del día, supervisar la existencia de los insumos, la asistencia normal de los empleados, instalar y tomar pedido a los clientes y que todo funcionara muy bien.
La jornada de servicio se dividía en dos turnos: El matutino, que empezaba a las siete de la mañana al público y terminaba a las tres de la tarde, atendiendo al público, pero que para algunos empleados, daba inicio a las seis y terminaba alrededor de las cuatro de la tarde, y el vespertino de tres de la tarde a las doce de la noche y un poco más, hasta terminado el aseo y cerradas las cuentas por el cajero, lo que se hacía aproximadamente en una hora, con el local cerrado.
Era indispensable que al abrir el local, ya estuviera listo el extracto de café, la leche caliente y la cocina dispuesta, eso sin contar con el área de panadería que trabajaba aún desde más temprano, pero que en compensación, terminaba más temprano, había que supervisar que las meseras trajeran el uniforme correspondiente, siempre en colores pastel, limpio, bien planchado, el pelo recogido y la presentación impecable, el aseo era otra de las cosas a supervisar y aunque al cerrar se barría y trapeaba, al iniciar el día se volvía a sacudir y trapear aplicando limpiadores con aromas, lo que daba la bienvenida a los primeros clientes. El control era riguroso y metódico, había que vigilar que la atención al público fuera diligente y amable, pero respetuosa y limpia, más de alguna mesera tuvo que ser suspendida por tres o cuatro días, por entablar amistades más allá del trato normal de un empleado con un cliente, era un ambiente decente, familiar y no se pasaba de ahí mientras se estuviera en el trabajo, una vez fuera, cada quien era libre de llevar su vida como le diera la gana, mientras que sus actividades no afectaran el prestigio del restaurante. Éramos tres encargados: uno gordo que tenía algún parentesco con la familia del propietario, un español, chaparrito, amable y dicharachero, buena persona y yo, el más joven. Comíamos en una mesa separada de las de servicio, con el privilegio de poder pedir lo que se nos antojara, bajo la mirada envidiosa de las meseras, que tenían restricción en algunos alimentos, por ejemplo el cabrito, la paella valenciana, la fabada asturiana, entre otros pocos y que tenían un costo elevado. Vestíamos una filipina blanca, camisa con corbata y pantalón de color obligadamente igual al uniforme correspondiente de las meseras, el resto del personal se componía, además de los panaderos, de un “Garrotero” de turno. Normalmente coincidía en mi turno un hombre de edad avanzada, quien con su carrito recogía los platos y cubiertos sucios y los llevaba a la cocina, para que las lavaplatos los limpiaran y ordenaran en un lugar adecuado de donde las cocineras bajo las órdenes de la “Mayora” los tomaban para volver a servir; un Cajero, que supervisaba los pedidos y cobraba a las meseras el importe de lo servido. Todo funcionaba muy bien, salvo por pequeños detalles, a veces se terminaba la leche, que se consumía en cantidades industriales con el café, muy apreciado por los clientes, también se vendía en envases de un cuarto de litro y entonces, había que hacer operaciones de emergencia para traer de Ixtapaluca o Lechería la que se estimaba necesaria, labor de la que en ocasiones se encargaba Don Manuel, el propietario para no dejar desprotegido el servicio. Tenía como apoyo a su yerno, casado con una hija bastante pasada de peso, por lo que corrían rumores que se casaron por interés ya que él era bien parecido. Pero él trabajaba en algo y además apoyaba en el restaurante, desmintiendo los rumores, en otras ocasiones, lo sustituía bastante bien su hijo, un cuarentón –supongo- al que apodaban “Monín” quien sin ínfulas tomaba decisiones, sabiéndose heredero del negocio familiar. Pues, como decía además de los privilegios de mi trabajo, me asignaron un departamento pequeño en el tercer piso del edificio que se alzaba en un costado, frente al que ocupaba Don Manuel y su familia, con el inconveniente de no poder llevar mujeres, las que me buscaban e invitaban a salir, ellas pagaban entradas y consumos en lugares donde no me conocían los meseros del lugar, porque era costumbre de amistad que si alguien del gremio llegaba a sus locales, como lo hacíamos en el nuestro, firmábamos la nota y no se cobraba, no sé si a ellos les descontaban el importe, a mí nunca me sucedió a pesar de que en un principio así lo pensé. Mientras, escribía apasionadas cartas de amor a María, era sincero, así lo sentía, ya que mis múltiples aventuras, las consideraba algo que me ocurría por separado, dado que no involucraban sentimientos. Así conocí a una mujer de Mexicali, quien después de casi vivir conmigo, salíamos a diferentes lugares, conforme el tiempo libre, a Chapultepec, Xochimilco o Cuemanco, los balnearios de Cuernavaca y por las noches a bailar y si la parranda se había ido larga, terminábamos en su hotel de donde salía corriendo a mi departamento, un baño rápido, uniforme y a trabajar de nuevo. Al término de sus vacaciones me pidió la acompañara al aeropuerto, llegamos con bastante anticipación y desayunamos en un restaurant de las instalaciones. En un momento, me miró muy triste y me dijo “¿Por qué no te vienes conmigo? Mi exmarido es un banquero que me pasa una pensión abundante, aunque ya no tenemos nada, sentimentalmente hablando, sólo lo veo de vez en cuando, tengo una casa grande, con todas las comodidades, pero estoy sola. No hay problema”. Le contesté que tenía varias cosas en mi departamento y que mi trabajo era seguro y bien pagado, me contestó “pues tu trabajo será ahora cuidar y disfrutar de mí y de lo que tengo, deja lo que tengas, yo te compro lo que quieras” no puedo negar que me tentó, pero aceptar ese trato iba contra mi dignidad ya que conforme a mis principios, es el hombre quien debe mantener a la mujer, lo contrario si no estás enfermo o impedido de hacerlo es muy poca hombría. Me mantuve firme y la dejé partir, no quería además renunciar a mis sueños casarme en el futuro con María. Por ese mismo estilo, pero más fuera de lugar, recibí una propuesta de vivir juntos, solamente como amigos de una cliente, supongo alrededor de los 80 años, nos visitaba asiduamente y no hacía pedido si no la atendía personalmente, lo que me hacía blanco de la burlas malintencionadas de los compañeros de trabajo. En una ocasión, después de cenar muy bien, me pidió que la acompañara con el café, me disculpé de no poder complacerla y entonces me dijo que iría al día siguiente antes de que iniciara mi turno que a la sazón era el vespertino y así lo hizo, llegó cuando me encontraba comiendo y se sentó frente a mi, me dijo que yo le caía muy bien, que era una excelente persona y después me propuso que fuera a vivir con ella a Veracruz, que tenía grandes extensiones de tierra a orilla de carretera y dinero, pero ni un solo familiar, que si aceptaba, de inmediato me nombraría su heredero ante un Notario, no pretendía una vida marital, se conformaba con mi compañía como un amigo, segura de que su vida llegaría a su fin muy pronto. Me negué rotundamente, cometiendo un error, la viejecita murió 3 meses después. Fue una época muy activa, a mis 18 años, era asediado por mujeres que rondaban los treinta, la mayoría de muy buen ver y que habían sufrido fracasos amorosos o matrimonios violentos y fallidos. Es una pena encontrar tantas mujercitas atractivas físicamente y hermosas en su espíritu, que no eligieron adecuadamente y vieron defraudadas sus esperanzas por “machos mexicanos” que no tuvieron la capacidad de apreciar sus cualidades y valorarlas como seres humanos necesitados de amor y comprensión, algunas con hijos pequeños, los que se verán marcados por la falta de un padre que los rechazó sin darse la oportunidad de conocerlos y disfrutar de la bendición de criar a un hijo.
7.8.- Mi amigo Gilberto
En una época tuve como compañeros de trabajo a dos paisanos de mi pueblo, que después de trabajar en diversos restaurantes, vinieron a Súper Leche, muy eficientes y con experiencia; Carlos, de aspecto distinguido y arrogante y Juan, que era de aspecto mucho más común, trabajábamos muy bien pero habiendo estado ya mucho tiempo en la ciudad de México, planeaban regresar a Apatzingán.
Carlos y Juan, preparando su próximo retiro, trajeron a otro paisano; Gilberto, a quien después de recomendar para el trabajo, tuve que capacitar, fue asignado como compañero de departamento, con las mismas restricciones que a mí: No se permitían visitas de mujeres y no ingerir bebidas alcohólicas, fue aceptado totalmente, aunque bajo mi tutela, era de mi pueblo, pero sin cultura, hubo que prepararlo mucho en las normas de cortesía. Contaba con una fabulosa voz de barítono que lucía en todos los lugares a donde encontraba un mariachi. Noble, como todos mis paisanos, se convirtió en un excelente encargado y en un gran amigo, alguien en quien confiar incondicionalmente.. En un día feriado, con el local lleno, nos avisaron que Juan se encontraba ebrio y queriendo pelear en un local no muy lejos de ahí. Carlos se propuso para ir por él y traerlo. Así lo hizo, pero cometió un grave error, lo dejó a la entrada del elevador, mientras pasaba al restaurante por algo. De pronto escuchamos un grito de terror. El acceso a los departamentos se hacía al final de un pasillo colindante, había al pie de la escalera una rampa con un ángulo como de 45º. La escalera ascendía de piso en piso, rodeando, por lo que presentaba una apertura de lo ancho del pasillo, por lo que en cada piso, el pasillo principal tenía un barandal, y sucedió que Juan, borracho como estaba, equivocó los botones del elevador y en lugar de ir al tercer piso, fue al segundo y al abrir el elevador, desconoció el pasillo, se asomó imprudentemente sobre el barandal, y se fue de cabeza, lo que presenció la muchacha que gritó. Quiso su buena suerte que al girar el cuerpo, cayera de espaldas en la rampa, que por la inclinación, amortiguó el golpe y le salvó la vida. De cualquier modo, cuando llegamos a él, no respiraba. Una mesera que tenía algún conocimiento de primeros auxilios le dio respiración de boca a boca y masajes cardiacos que lo reactivaron. Llamamos de emergencia a la Cruz Roja, que acudió prontamente. Buscamos la forma de comunicarnos con sus familiares, pero no encontramos nada que nos diera una pista de a quién avisar. Él, nos contaba que su padre tenía un restaurante grande en Apatzingán, conseguimos el teléfono de un vecino de ellos y nos informó que efectivamente, vivía por allí, pero lo que él llamaba “Restaurante”, era solo un localito donde sus padres vendían caldos de pollo. Se comprometió a avisarles ya que Juan podía morir. Pasaron cinco días, en los que hicimos guardia por él en el hospital de la Cruz Roja de Polanco y por fin llegaron. Una pareja de rasgos indígenas, con huaraches. Les contamos lo ocurrido y sólo mostraron resignación, “Ya Dios decidirá”, dijeron y se retiraron a dormir, con el tiempo fue dado de alta y la última vez que lo vi, algunos años después, usaba una polaina en una pierna, a fin de que pudiera asentarla un poco.
7.8.1.- Una situación enojosa.-
Gilberto mientras tanto aprendió lo necesario y se desempeñaba con eficiencia. Pero el ambiente del restaurante nos proporcionaba muchas oportunidades de aventura que las restricciones del departamento no nos permitían, por lo que decidimos rentar otro en la calle de Victoria, a la vuelta de la esquina, en un edificio de algunos 5 pisos, nuestro nuevo departamento estaba ubicado en el segundo piso, uno menos que el anterior, casi no conocíamos a los vecinos dado que sólo salíamos al trabajo o regresábamos de el, sin tiempo de socializar, estaba relativamente tranquilo, pero una noche que regresaba del trabajo, aún con mi filipina puesta, encontré en la puerta a un sujeto joven, elegante, que me saludó muy amable y me pidió fuego para encender un cigarro, ¡no tengo! le contesté y me encaminé al elevador, en ese momento, desde la puerta me llamó Gilberto, me dijo, “te voy a presentar a Johnny”, que era el sujeto que me saludó en la puerta, me dijo que él escribía canciones y hacía fotonovelas, además de ser hermano de Paty y Lolita, artistas de ese género, muy solicitadas por entonces, me informó que como tenían una fiesta en su departamento, justamente situado sobre el que nosotros ocupábamos no podríamos dormir, que mejor nos invitaba a la fiesta. Aceptamos la invitación y después de un baño subimos. El ambiente era muy alegre, nos recibieron las muchachas y nos trajeron bebidas y botana, eran muy lindas y nos acomodaron a su lado, yo estaba encantado, en un momento estábamos en confianza, bailábamos felices con ellas y platicábamos bajo la mirada atenta de Johnny, de pronto todo cambió, Johnny me preguntó de qué signo zodiacal era, elogió mi traje y me informó que el departamento que ocupábamos no era de la señora que nos lo rentó, era subarriendo y que a la dueña del edificio no le gustaba así, por lo que preveía que a muy corto plazo tendríamos que abandonarlo, preguntó qué haríamos, por lo que le contesté que buscar otro. “No lo hagan, yo tengo uno en el último piso, alfombrado, amueblado y con teléfono, te lo puedo rentar, para eso están los amigos, para ayudarse”, dijo. Me quedé pensando ¿Amigos? Si me acaba de conocer. De ahí en adelante no me lo pude quitar de encima, interviniendo en la plática, procurando que mi vaso nunca estuviera vacío, contándome de las personalidades que conocía en Televicentro. En fin, un acoso total. Cuando rondaban las cuatro de la madrugada, vino y me dijo “canceriano, se terminó el vino” sorprendido pregunté de a cómo sería la cooperación para traer más pero dijo, no, allá arriba tengo una caja de botellas de “JB”,- un whisky o coñac, no lo recuerdo - “acompáñame por favor para bajarla,” desconcertado lo acompañé al elevador y al llegar al departamento, abrió con evidente satisfacción, encendió la luz y pude apreciar que de verdad era muy bonito, algunos sillones y mesa de centro de alguna madera fina, muy bien barnizada, al fondo, una cama matrimonial con una colcha estupenda y una cabecera muy elaborada con dos burós, uno a cada lado., con un teléfono color rosita sobre uno. Me preguntó ¿qué te parece? Es bonito, contesté pero necesitaremos otra cama, Gilberto y yo no dormimos juntos. Nuevamente preguntó ¿por qué?,¿Es que acaso se tienen asco? No, le contesté yo, pero dos hombres durmiendo en la misma cama no es algo que me llame la atención. Se rió y me dijo “Es mejor un hombre que una mujer” me puse nervioso y le pedí que trajera la caja por la que habíamos subido, me dijo “ahí está junto a la cama, ¡tómala! Me negué después de todo sólo me había pedido que lo acompañara. Se encaminó hacia ella y se agachó exageradamente para levantarla del suelo, desanduvo lo avanzado y se paró frente a mi, habló fingiendo una voz que quiso ser dulce y femenina, “ayúdame que está muy pesada” y al momento que la tuve intentó abrazarme “No tengas miedo” me dijo, “conmigo puedes lograr muchas cosas, puedo hacer de ti un artista”, me indigné ante lo directo de su accionar y poniendo la caja en la mesita de centro, la emprendí a golpes contra el maricón, mientras le decía, “no necesito nada de ti, a mí sólo me gustan la mujeres, gritó como si fuera una de ellas y trató de rasguñarme, salí directo al elevador y bajé para informar a Gilberto que me retiraba, las muchachas me retuvieron para pedirme que me quedara un ratito más, de pronto se abrió la puerta y entró Johnny, sangraba por nariz y boca y lloraba, alarmados los pocos asistentes que aún no se habían retirado le preguntaron por su estado, creí que me acusaría, pero bajando la voz dijo “tropecé y al caer me golpee con esta caja”. No esperé más y salí de inmediato ya después conté a Gilberto lo sucedido, aunque se rió en mis narices por el incidente.
7.8.2.- Continúa el problema
Ese edificio estaba muy contaminado de ese mal, al poco tiempo, estando solo, me preparaba para darme un baño, intenté encender el boiler , y no lo logré en el primer intento, encendí otro cerillo, sin pensar que mientras lo hacía el gas escapaba, y para completar el error, me asomé a la parte baja del artefacto, apliqué el cerillo y se produjo un flamazo, que retumbo con un trueno sordo, vi todo rojo y aunque retiré la cara no pude evitar que se me incendiara el pelo, mismo que apagué desesperadamente con las manos, de inmediato, los vecinos de enfrente tocaron a mi puerta, acudí pegado a la pared, sin recordar que me encontraba en calzoncillos, por la confianza de estar solo. Se sorprendieron al ver mi facha, donde hubo pelo normal, solo quedaba una plasta de cabellos sin orden, casi no tenía cejas y las pestañas habían desaparecido, tenía la piel reseca y estirada. Se ofrecieron a ayudarme, me vistieron y calzaron rápidamente, me llevaron a un doctor cercano que me recortó un poco el pelo y me puso una mascarilla de un material cremoso, amarillo en la cara, cuello y tórax, citándome para la siguiente semana. Gilberto se encargó de avisar a Súper Leche del accidente y desde ahí se encargaron de mis alimentos puntualmente.
Todo parecía ir de maravilla, pero se encadenó otro suceso; una mañana, Gilberto salió de su habitación y me dijo que como ya el doctor me había dado de alta, al día siguiente me correspondería el turno matutino, regresaría como a las cuatro de la tarde. Salió y no me percaté que no cerró perfectamente la puerta, me volví a dormir. De pronto tenía sueños raros, “cachondos” diría yo, pero llegó un momento en que me desperté y con sorpresa y susto de mi parte, descubrí que uno de mis vecinos me masturbaba, reaccioné furioso, lo corrí y lo amenacé con pegarle aún más fuerte que al Johnny, que a pesar de todo no había dicho “esta boca es mía” por lo que nadie sabía lo sucedido unos pocos días antes. Se fue y el resto de la mañana lo invertí en localizar otro departamento en un edificio diferente.
7.8.3.- Una maravillosa sorpresa
Con Gilberto asistimos a diversos bares, lo escuchaban cantar y le ofrecían clases de canto, asegurándole que podría ser un buen cantante profesional, tal vez como Jorge Negrete, pero él nunca aceptó. No sé donde conoció a un Representante Artístico: un anciano vivaracho y muy simpático que conocía mucha gente en Televicentro. Aunque solo recuerdo haber estado una vez en una entrevista que le hicieron a un representado, fue algo nuevo, llegamos, nos saludaron y nos pasaron a una sala donde nos peinaron y nos maquillaron, una preparación muy emocionante para una efímera presentación. En este ambiente, descubrí que había muchos maricones e incipientes prostitutas que ofrecían hacerte lo que quisieras por la más leve esperanza de verse en pantalla. En una ocasión, este señor a quien sólo llamaré Oscar, nos invitó a su fiesta de cumpleaños. Que a la sazón deberían ser más de 70, llegamos a su departamento y nos presentamos todos, uno a uno, con la finalidad de fraternizar dijeron, algunos cantaban, otros actuaban y en lo mejor de esta fiesta, me dí cuenta que mi artista más querida y admirada – Libertad Lamarque - se dirigía a mí, me dijo “Paco, tú ¿Qué nos vas a ofrecer?”, me quedé helado, contesté “yo no sé hacer nada” pero Oscar se adelantó y le dijo “Paco escribe poesías de amor, nos puede leer una o dos” y queriendo y no, me vi rodeado de gente que me animaba a hacerlo. Oscar tenía mi libreta y me la proporcionó, leí una que se llamaba “La carretera” que según recuerdo era un revoltijo nostálgico de una despedida a una novia, desde Apatzingán, hasta Morelia, me aplaudieron, pero no pude evitar sentirme avergonzado. Sin embargo, leer una de mis primeras poesías ante una artista tan grande como Libertad Lamarque fue un privilegio que nunca olvidaré.
La amistad con Oscar duró un buen tiempo, íbamos a su casa y tomábamos café con él, platicábamos animadamente y a veces lo acompañábamos, como extras en las sesiones de fotografías para las novelas de aquél tiempo. Una tarde fui a su casa, la puerta estaba abierta, así que entré de improviso, Gilberto y él, jugueteaban en la cama, me burlé de ellos pero no había porque pensar mal, ambos estaban vestidos y su actitud era solamente de camaradería. Sin embargo algunos días después volví buscando a Gilberto para darle un mensaje telefónico de su madre, Oscar me invitó un café y platicando le pregunté por Gilberto, me dijo que hacía algunos días que no lo veía pero si tenía tiempo me invitaba al cine. Acepté. Su tío –no sé cual- me dijo era propietario de 3 cines a los que podía ir gratis cuando se le antojara, acepté y en el transcurso de la plática le pregunté por qué no había visto a Gilberto, si eran muy unidos, me contestó “porque estamos peleados” ¿por qué? Pregunté nuevamente, haciendo una mueca rencorosa me contestó “anda diciendo que soy puto” me reí y en broma le dije “y ¿no es cierto? Me sorprendió la respuesta “sí, pero no tiene porque contarlo a nadie” le aseguré que siendo tan amigos no me lo había contado y fingí recordar que una de mis hermanas llegaría de Michoacán y me despedí. No lo volví a ver, ya que los acontecimientos de mi trabajo cambiaron mi rumbo.
7.8.4.- La chinita
Por esa época también me aconteció un suceso muy curioso. Estando de turno matutino y casi para terminar, entró en el restaurant una mujer china –si, procedente de la República de China-, bajita, los ojos rasgados, y un traje muy extraño que supongo debió ser un kimono o algo así, eligió una mesa y esperó a ser atendida, me acerqué rápidamente, pero no logré entender una sola palabra, llamé a una mesera a quien apodaban “La Pocha” por su dominio del idioma inglés, pero el resultado fue el mismo. Acudió el cajero, sin lograr siquiera un poco de comunicación, todos los esfuerzos fueron inútiles. El tiempo transcurría, la chinita, al ver que no la entendíamos, tomó la salsa mexicana y empezó a comer trozos de jitomate y cebolla. Como un recurso desesperado, ordené que todo lo que saliera de la cocina le fuera presentado y si aceptaba algo, la mesera correspondiente debía regresar a la cocina y ordenar lo mismo para cumplir con el cliente que se viera despojado de su comida. Quiso la suerte que en esos momentos saliera una “Carne a la Tampiqueña” que es un filete que se acompaña con frijoles refritos y una tostadita, al excelente olor de aquel manjar, reaccionó, estirando la mano. De inmediato le fue dejado el platillo, que devoró con muestras evidentes de satisfacción total, le envié una agua de naranja y se dio por satisfecha, extrajo un bultito de entre su ropa y sacó unas monedas muy pequeñas, dejó varias sobre la mesa y se despidió con una reverencia. Quedé contento de haber resuelto esto, aunque era un resultado impreciso, firmé la nota y todo quedó en paz. Al día siguiente vi, con sorpresa, que regresaba más o menos a la misma hora, guiando a un grupo de doce personas de características orientales como ella. Posiblemente me metería en un problema. Decidí que la atención debería ser como siempre, amable y rápida, ordené unir tres mesas para que estuvieran todos juntos y para mi sorpresa recibí un agradecimiento en perfecto español. Le ofrecí la carta al que habló, pero la rechazó amablemente diciendo “queremos para todos, esa carne exquisita que dieron a ella el día de ayer, agua de la misma y si es posible una botella de vino blanco. Don Manuel se encontraba platicando con el cajero, le pregunté si podíamos servir vino blanco, me contestó que por esta ocasión si. Entré a la cocina y apresuré al personal. Todos comieron muy bien y aunque la cuenta estuvo fuerte, la pagó el intérprete de buen grado, fue con Don Manuel y dejó dos generosas propinas fuera de lo normal, una para la mesera y otra para mí, además de pagar el consumo de la chinita del día anterior. Le comentó que eran un grupo teatral de China que se estaban presentando en el Palacio de Bellas Artes, el día anterior habían perdido a la chinita que llegó a nuestro restaurante y que al volver, ella les había descrito la comida recibida y la atención, razón por la que decidieron venir todos a probarla, que de verdad estaba todo como les contó,. Estarían 3 días más y si no teníamos inconveniente, harían todas sus comidas con nosotros. Don Manuel se sintió halagado por estas palabras, así que pidió las moneditas y me ordenó las regresara a la chinita, junto con un helado llamado “banana Split”. Fue un poco difícil distinguirla de sus seis compañeras, todas se parecían, pero me orientó la mirada de simpatía con que me obsequió cuando me acerqué a la mesa
Al día siguiente vi, con sorpresa, que regresaba más o menos a la misma hora, guiando a un grupo de doce personas de características orientales como ella. Posiblemente me metería en un problema. Decidí que la atención debería ser como siempre, amable y rápida, ordené unir tres mesas para que estuvieran todos juntos y para mi sorpresa recibí un agradecimiento en perfecto español. Le ofrecí la carta al que habló, pero la rechazó amablemente diciendo “queremos para todos, esa carne exquisita que dieron a ella el día de ayer, agua de la misma y si es posible una botella de vino blanco. Don Manuel se encontraba platicando con el cajero, le pregunté si podíamos servir vino blanco, me contestó que por esta ocasión si. Entré a la cocina y apresuré al personal. Todos comieron muy bien y aunque la cuenta estuvo fuerte, la pagó el intérprete de buen grado, fue con Don Manuel y dejó dos generosas propinas fuera de lo normal, una para la mesera y otra para mí, además de pagar el consumo de la chinita del día anterior. Le comentó que eran un grupo teatral de China que se estaban presentando en el Palacio de Bellas Artes, el día anterior habían perdido a la chinita que llegó a nuestro restaurante y que al volver, ella les había descrito la comida recibida y la atención, razón por la que decidieron venir todos a probarla, que de verdad estaba todo como les contó,. Estarían 3 días más y si no teníamos inconveniente, harían todas sus comidas con nosotros. Don Manuel se sintió halagado por estas palabras, así que pidió las moneditas y me ordenó las regresara a la chinita, junto con un helado llamado “banana Split”. Fue un poco difícil distinguirla de sus seis compañeras, todas se parecían, pero me orientó la mirada de simpatía con que me obsequió cuando me acerqué a la mesa.
ESTE ES UN PERIODO MUY IMPORTANTE DE MI VIDA
8.- CAROLINA
Mi vida continuó normalmente, hasta que una tarde, al llegar a trabajar me presentaron a una empleada nueva, muy joven, tal vez 16 o 17 años, morena de complexión media, muy tímida, que me llamó la atención de inmediato.
Dijo llamarse Carolina, llegó para trabajar en la cocina y la veía a cada rato. Intercambiábamos miradas y sonrisas y nos hicimos buenos amigos, salimos algunas veces a remar a Chapultepec y en una de esas ocasiones, me regaló una especie de medalla, tallada en hueso o de un material parecido, en la que resaltaba una pareja, al parecer haciendo el amor, me pareció que buscaba algo conmigo, pero no le dí importancia y continuamos saliendo juntos sin que pasara nada, pero…Una noche al terminar el turno, después de las 12 de la noche la invité a tomar té negro al Restaurante “Dennis” de la avenida Juárez, y platicamos mucho de cosas diversas, tan a gusto estábamos el uno con la otra que transcurrió la noche y a punto de amanecer nos dimos cuenta, salimos apresuradamente con rumbo a la Central de Autobuses del Norte, rumbo por el que vivía; la dejé y para evitar que me despertaran si había algún imprevisto, me trasladé a la colonia Algarín, donde rentaba una casa con mis hermanos, aunque no vivía ahí, dormí hasta la una de la tarde, y me encaminé al restaurante, pedí mi comida y noté un ambiente extraño, la muchacha que se encargaba del pan al público me informó que un hermano de Carolina me fue a buscar con la policía y armó un escándalo, acusándome de habérmela llevado. Esto en parte era cierto, ella salió conmigo, pero no como se acusaba, lo hizo solamente como una amiga, sin malicia, ni de ella ni mía, pero el mal estaba hecho, Monín me hizo subir a su oficina y después de referirme el incidente con el hermano de Carolina, me solicitó le contara sinceramente cuál era la situación, así lo hice, pero no me creyó, le pareció imposible que pasara la noche con una señorita prácticamente a solas y que nos dedicáramos a platicar, por supuesto que estaba mintiendo, ¡no era posible! pero dejaría que me aprehendiera la policía y entonces se sabría la verdad. Argumenté que las meseras de “Dennis” podrían atestiguar a mi favor y eso pareció convencerlo, pero a los que tendría que convencer llegarían en cualquier momento por mí y no tendrían compasión, hizo subir a una compañera llamada Luz María a quien aleccionó para que declarara que Carolina había estado en su casa, en una fiesta que realmente había tenido y que por la distancia, fue necesario se quedara a dormir regresando un poco después de las cinco. Lucha estuvo totalmente de acuerdo y cuando llegó el acusador, acompañado de dos policías los recibí y los pasé a la oficina, donde expusimos la versión preparada, y como se había corrido la voz entre el personal, otras meseras dieron su testimonio, por lo que no hubo más problemas, el hermano de Carolina se disculpó y se retiraron.
Este incidente despertó muchos comentarios, los compañeros me felicitaban por haber conquistado tan pronto a esa niña bonita, pero nunca creyeron realmente que hubiéramos pasado una noche platicando de forma inocente como ocurrió. Nos fabricaron un romance que no desmentimos y seguimos saliendo juntos, hasta que un fin de semana se nos ocurrió ir a un bosque por la carretera a Toluca, el cual llaman “La Marqueza”, es muy bello, tupido de pinos y muy grande, venden antojitos mexicanos, en especial quesadillas. Pasamos ahí un día de campo estupendo. Después de comer nos internamos en la espesura del bosque y cansados nos recostamos a descansar, el intercambio de besos y caricias nos enardeció y terminamos haciendo el amor, al término, pude comprobar que era su primera vez, pero no le dí importancia porque nunca he creído que la entrega que tiene valor sea la del cuerpo, sino la del alma. No me dijo nada, no hizo drama por su virginidad perdida, iniciamos, ahora sí, un romance bello y hasta nos hicimos clientes regulares de un hotelito, por el panteón de San Fernando, nos dejamos ver juntos y ahora la presentaba como mi novia a quien quisiera saberlo. Tal vez me distraje más de lo debido, porque una noche me llamó María por teléfono, me reclamaba dulcemente que no me comunicaba con ella. Me remordió la conciencia, después de todo era el amor de mi vida y decidí no engañarla, le dije que me olvidara, que no iba a volver y corté la conferencia, al terminar el turno subí a mi departamento y lloré por lo que había hecho, pero creo que a pesar de todo fue mejor así. No merecía mi engaño.
Con Carolina me consolé, nuestras relaciones marchaban muy bien hasta que sucedió lo lógico, resultó embarazada, entonces empezamos a visitar clínicas para revisar su salud, le prometí que me iba a casar con ella y me comentó que un ex novio le había propuesto que si yo no respondía, él lo haría, se casaría con ella, me molestó un tanto esta confidencia que hasta pensé en buscarlo y golpearlo, ella era mía y no estaba de acuerdo en tener rivales, pero no lo hice, por el contrario, iniciamos la compra de detallitos para una boda a mediano plazo, tenía planeado hablar con mis hermanos y llevarla a vivir a la casa de Algarín, pero ocurrió un problema en el trabajo, una mesera trató mal a unos clientes de Tepito y la sancioné con tres días sin trabajar, intervino Monín, quien me ordenó que la regresara al trabajo de inmediato pero le dije que Don Manuel me daba autoridad total en sus ausencias y no lo hice. Cuando regresó Don Manuel, me llamó a la oficina y me regañó, me hacía notar que efectivamente yo tenía autoridad total del restaurante cuando él no estaba, pero no mayor a la de su hijo, no llegamos a un acuerdo, argumenté que si dejaba pasar esas malas actitudes, perdería el respeto de los demás empleados y yo no quería ser la burla de nadie. Enojado, me quité la filipina y salí del local sin escuchar razones.
Este episodio sucedió en 1975 y a la fecha, 2011 no la he olvidado y me gustaría mucho saber que sucedió con ella, si se quedó en México o se regresó a Guatemala, ya no es posible nada entre nosotros pero los recuerdos son los recuerdos. no sé como obtener informes de ella, podrían sugerirme algo?
Gracias por el consejo, el problema es que nunca le pregunté por sus apellidos ni por su lugar de origen en Guatemala, un poco más adelante leerás que inclusive al parecer tenemos una hija, que nunca vi, no trato de mover a nadie a sentimentalismos, ya la vida transcurrió, pero de vez en cuando me llega la nostalgia y me pregunto qué será de su vida.
SIGAMOS CON LA HISTORIA
8.1.- Otros aires
Perdido el trabajo, pensé en nuevas opciones, ya que cuando trabajas bien los demás se dan cuenta y no sería difícil conseguir empleo en otros negocios similares, por ejemplo en Sanborn`s, donde trabajaba un excompañero, pero por lo pronto fui a Cuajimalpa, donde vivían mis primos y el tío Raúl, de inmediato me ofreció que trabajara con él. Tenía algo así como una Central de Servicios, su giro principal era arreglar calderas, de las que se usan para calentar el agua de las albercas, pero de momento estaba haciendo instalaciones eléctricas en una residencia de Cuernavaca y me fui con él. Por diez días trabajamos arduamente y regresé al Distrito Federal, pero no encontré a Carolina, en ninguna parte, ni en su casa. Nadie me supo dar noticias de ella, la perdí totalmente, incluso entrevisté a su exnovio, quien me dijo que si no pensaba responderle yo, él estaba dispuesto a casarse con ella.
Fue inútil la búsqueda, me quedé como el perro de las dos tortas, sin la una y sin la otra.
9.- UN PEQUEÑO NEGOCIO
Como la ciudad me era incómoda por los recuerdos, volví a Cuajimalpa, mi hermano Abraham, un poco menor que yo, trabajaba en compañía de los primos bajo la dirección del tío Raúl, me uní al equipo y trabajé con dedicación para olvidarme de mis errores y huir de mis remordimientos. Vivíamos en una cabaña de las que tenía la abuela frente al Desierto de los Leones, a tres kilómetros de Cuajimalpa, más cerca de San Lorenzo Acopilco, pueblito que visitábamos muy de vez en cuando. Tenía la abuela tres cabañas que rentaba a juniors que las usaban para llevar a sus conquistas, en una ocasión, uno de éstos me preguntó donde podría conseguir alguna bebida alcohólica, como ya era muy tarde, sustraje una botella de Ron Bacardí blanco de la casa y se la vendí, agregando al precio una comisión un poco grande, acompañado de dos coca colas, me pagó de buen grado y hasta me dio propina, al día siguiente compré la botella y la repuse, con el beneplácito de la abuela, con el pago de mi semana de trabajo hice acopio de algunas botellas de brandy, ron y tequilas que pronto vendí de la misma forma, después fue necesario tener cigarros, por supuesto, los de moda y ahora hasta los ofrecía. Los sábados hacían tardeadas en Cuajimalpa, se ponía de ambiente… Había un pequeño problema, tocaba Alex Lora con su grupo llamado pomposamente “Three souls in my mind” , canciones como “Chavo de Onda” Perro Negro y Callejero” nos hacían sentir identificados. Su música estaba prohibida, atraía a pandillas y se consumían drogas diversas, principalmente marihuana, de lo cual no eran culpables los músicos. Había trifulcas en las que participábamos necesariamente por muy diversos motivos. Después de la tardeada, nos refugiábamos en el bosque, en la cabaña y cantábamos con guitarras que alguno rasguñaba, bebíamos y hacíamos juegos hasta muy tarde, cuando el frío nos obligaba a dispersarnos cada quien a su casa. Abraham, en una vuelta a Apatzingán, regresó con una muchacha, la convenció solamente por aventura y cuando nos desvelábamos, la jugábamos a las cartas, ella no se oponía y se acostaba gustosa con quien la hubiera ganado, como trabajábamos durante toda la semana, y no teniendo compromisos reales, nos quedaba siempre algún remanente que guardábamos, para tiempos de necesidad, nuestros vicios eran baratos, fumar cigarrillos comunes y beber alguna botella de tequila o brandy entre todos, ya que los placeres sexuales los recibíamos gratis de las muchachitas que gustaban de nuestra compañía.
La vida transcurría plácida, sin muchos contratiempos, en un ambiente de camaradería y distensión moral.
10.- FUMIGANDO CINES
Cuando me aburrí de estar ahí, regresé a la ciudad de México y conseguí trabajo con el representante de una compañía que fumigaba cines en el norte del país, supuestamente como supervisor, pero en la práctica como fumigador. Los cines tienen, en su mayoría un gran número de bichos: pulgas, garrapatas, arañas, alacranes, etc., recorrí aquella parte del país: Baja California Norte y Sur, Chihuahua, Sonora, Durango, San Luis Potosí, Nuevo León y Veracruz, no usábamos equipo de seguridad, solamente un pañuelo mojado, creyendo que nos libraba de aspìrar el “Malatión” , que revolvíamos al 5 por ciento con agua, tuve consecuencias que pudieron ser graves. En Veracruz, después de visitar algunas playas sucias de aceite de embarcaciones, fumigamos un cine en el día y se me declaró una hemorragia nasal que no paraba con nada, fue necesario acudir a un doctor, quien al saber en que consistía mi trabajo, me dijo muy serio “Estás intoxicado, si quieres seguir viviendo debes dejar de inmediato este trabajo, pero si te quieres morir, lo puedes lograr con un cine o dos más que fumigues, el malatión no solamente mata por aspiración sino a través de la piel” me dio una receta con la instrucción de surtirla de inmediato, me aplicó una inyección y me hizo tomar mucha agua, eso me provocó diarrea, que me obligó a permanecer en el hotel el resto del día y casi no me permitió dormir. Al amanecer, llamé por teléfono a mi patrón y le informé de mi regreso para hacer entrega del equipo de fumigación y cerrar cuentas. Así lo hice y empecé a buscar empleo nuevamente.
11.- LA CASA DE ALGARÍN
Abraham, dejó también Cuajimalpa y vino a vivir a la casa de Algarín, con su muchacha, ahora estábamos todos los hermanos reunidos. Mi hermana más chica, Elsa, se juntó con su novio, pero como es común, no tenía casa, vivía con su mamá, por lo que vino a vivir con nosotros y con eso teníamos casa llena, la chica de Abraham procuraba encontrarse conmigo a cada rato y en una ocasión intercambiábamos besos cuando de pronto lo oímos llegar, nos separamos apresuradamente, no sé si se dio cuenta, no dijo nada, pero no lo volvimos a hacer.
11.1- Reencuentro
Una mañana me desperté tarde, y me dirigí al baño para asearme y salir a buscar empleo, me encontré en la sala con Ana María, aquella chiquilla, prima de Carlos, mi amigo de la secundaria, precisamente la que me rechazó por estar pelón, al parecer mi figura no le disgustó en esta ocasión, me sonrió y me saludó muy amable,. Estaba transformada, se veía más llenita, con un cuerpo estupendo, una piel color de miel y una mirada alegre. Había ido a la ciudad a visitar a unos parientes que vivían por el aeropuerto y enterada de que su amiga –la chica de Abraham- vivía ahí, pasó a saludarla. De inmediato empecé a hacer planes para conquistarla, le pedí que no se fuera, que yo la acompañaría a donde iba y que podía quedarse en la casa, creo que le gustó la propuesta porque estuvo totalmente de acuerdo. La llevé a la colonia Gómez Farías, donde vivían sus parientes y fue recibida con mucho gusto por una pareja joven e invitada a regresar cuantas veces quisiera, a mí como su acompañante me trataron con cortesía. Pasaron unos días y yo aprovechaba que ella y su amiga querían salir, para llevarlas a Chapultepec. Jugueteábamos en el pasto, íbamos a remar, a la casa de los espejos, que nos divertía mucho con sus efectos de distorsión de la imagen, lo pasábamos bien, pero como en la casa estábamos un poco apretados yo insistía “vente a dormir a mi cuarto, mi cama es muy suave” ¡Estás loco! ¿Cómo crees? Me respondía, pero no se mostraba ofendida. Pasó algún tiempo, no mucho y por algún motivo que no recuerdo hicimos una fiestecita en la casa, unos pocos amigos y los que ya vivíamos ahí, el cuartito donde ella dormía era invadido por la música y las risas de la gente que convivía en la sala. Ingerimos algunas cervezas y una que otra botella, alrededor de las once de la noche dimos por terminado el festejo, me dirigí a mi cuarto y con sorpresa encontré mi cama ocupada por ella. No iba a desaprovechar la oportunidad, me tendí a su lado. Cuando alrededor de la una de la mañana llegó mi cuñado, abrió mi puerta con la intención de invitarme a seguir la parranda, nos descubrió abrazados, “estás en el cielo” dijo y volvió a cerrar, salí a ver que se le ofrecía y me felicitó diciendo alegremente “el que persevera, alcanza”. Así dimos inicio a nuestra relación, Ana maría y yo, que pensé sería una aventura más, pero que se transformó en la madre de mis hijos y dura hasta la fecha. La vida nos depara muchas situaciones diferentes y la vida en común de los matrimonios no siempre es dulce, pero puede ser placentera si se tiene tolerancia y un poco de comprensión.
Lo que sigue es otra historia
... sigo leyéndote..
12.- VIDA EN COMÚN
A partir de nuestra unión (Ana y yo), aunque no haya sido formal, empecé a vivir una nueva vida, Ana se esforzaba por ser una buena esposa, barría, trapeaba, cocinaba, lavaba mi ropa y lo mejor, era muy cariñosa conmigo.
Por mi parte, procuré encontrar empleo, buscando en el periódico, descubrí que una Agencia Aduanal solicitaba un mensajero, pedían pocos requisitos, los que cumplía muy bien, así que me preparé a conciencia para la entrevista, acudí puntualmente al lugar, vestido correctamente, con traje y corbata, zapatos bien boleados y surtido de los documentos y fotografías necesarias. ¡Sería pan comido!, pero al llegar al lugar indicado, me encontré con que éramos demasiados aspirantes, algunos con chamarra de cuero, otros llevaban motocicleta y todos se jactaban de conocer al dedillo la ciudad de México, ya que era la condición que más remarcaba el anuncio. Nos ubicaron en una oficina, separados por cubículos que no nos permitían la comunicación y resolvimos dos exámenes, uno de conocimiento y reglas de urbanidad y otro psicométrico, para evaluar nuestra personalidad, una vez que todos hubimos entregado las hojas, nos pidieron esperar mientras deliberaban, una secretaria nos ofreció café y galletas. Nos veíamos unos con otros y pasó un lapso de tiempo, vino la secretaria y me dijo confidencialmente “creo que usted se va a quedar con el puesto”, no se lo creí, había varios que conocían la ciudad mucho mejor que yo. Cuando terminaron las deliberaciones salió el agente aduanal y regresó de uno por uno los documentos, agradeciendo la asistencia y entonces lo supe, yo era el nuevo mensajero de la agencia.
Este empleo no era muy bien pagado, pero no era tan fatigoso, consistía en llevar documentos a muchas oficinas lujosas, que se hallaban desperdigadas por toda la urbe, en ocasiones a Xochimilco y de ahí hasta Cuautitlán, atravesando toda la ciudad, usando el metro y diversas rutas de camiones a donde éste no llegaba, por contar entonces con sólo tres líneas, a saber: Tacuba-Taxqueña; Zaragoza- Observatorio y Tlatelolco-Centro médico, fue necesario aprender la ubicación de las diferentes estaciones y rutas de camiones urbanos que pasaban más cerca de los lugares a los que me enviaban, para calcular la cantidad de dinero a utilizar cada día. Me despertaba muy temprano y desayunaba lo que se pudiera, seguidamente me bañaba con agua fría por estar descompuesto el calentador, salía con mi portafolios corriendo, hasta la parada más cercana del camión y me colgaba literalmente a él, ya que pasaban llenos, viajaba prácticamente fuera del camión, apoyándome en un pie y sosteniéndome con la mano izquierda, por llevar la derecha ocupada con el maletín, el aire frío y la humedad propia del baño me engarrotaban la mano y cuando llegaba a Río Mixcoac, en donde se encontraba la agencia aduanal, sufría para abrir la mano y bajar del camión, corría las tres cuadras que me faltaban y esta carrera me devolvía el calor corporal necesario, tomaba el elevador y cuando éste se abría, frente a la oficina; un olor riquísimo a café me recibía. Efectivamente, Melita, la secretaria tenía dispuesto el café con que dábamos inicio a nuestras labores. El ambiente de trabajo era muy bueno, todo era colaboración entre los cinco empleados, el Agente aduanal era serio pero considerado, con ese trabajo conocí un nuevo ambiente, más formal que los anteriores, pero de respeto y cortesía. Un elemento indispensable de mi trabajo fue el portafolios, era de un plástico duro, cerradura de seguridad con combinación numérica –como una caja fuerte- y una esposa que lo unía a la muñeca y que se abría con una llavecita. En él transportaba documentos importantes, además de cheques por cantidades elevadas, que los clientes expedían a nombre de la agencia aduanal con la leyenda “para depósito en cuenta” lo que era una ventaja, ya que nadie podría disponer de ellos en caso de robo. Precisamente esto intentó una pandilla. En una ocasión, salí de una oficina, por la colonia Vallejo Industrial y al llegar a la esquina, sentí un fuerte tirón al portafolios, que por ir esposado a mi brazo, no lo pudieron arrancar, antes de reaccionar, dieron otro tirón y en esta ocasión caí al suelo. De inmediato me tundieron a patadas, en la cara, en las costillas y por todos lados, no sentía lo duro sino lo tupido, mientras me ordenaban que soltara el portafolios. Providencialmente apareció una patrulla y encendió la torreta y la sirena, que sonó fuerte. Los malandrines corrieron en diferentes direcciones para escapar. Los policías me ayudaron a levantarme y supongo que de alguna forma dieron aviso a la Cruz Roja, porque casi de inmediato llegó una ambulancia, me limpiaron la sangre de la cara, curaron los golpes de las costillas con alguna pomada y después fui a poner la denuncia respectiva.
Era una vida agitada y un tanto peligrosa, por los rumbos en los que había que transitar con mi portafolios, pero como compensación, era bien recibido en los distintos lugares a donde me enviaban, disfrutaba de café, té y galletas casi todo el día, además de los bocadillos que son habituales en las oficinas. Después empecé a conocer el aeropuerto y las bodegas de embarque o recepción con que cuenta, esa parte era mi preferida, podía pasar horas viendo los grandes aviones aterrizar o despegar, mientras esperaba una respuesta a los documentos que tenía que entregar ahí. Regresaba feliz a la casa de Algarín, donde Ana me recibía con mucho cariño.
GRACIAS BIBY, es alentador saber que aún me leen, aunque ya el relato se ha ido largo, estoy esperando a que me den detalles de la publicación de mi libro para comunicarlos a ustedes, por lo pronto, aquí les dejó otro pedacito.
12.1. Un gracioso incidente.-
Una tarde, que me dirigía de regreso a la oficina, por la Avenida Insurgentes, una señorita, me pidió 20 centavos para el teléfono, apresurado como iba, le contesté “No traigo” y seguí caminando, no me dí cuenta de que me alcanzaba hasta que sentí una fuerte patada en el trasero, me dio mucha rabia y sin pensar, dí media vuelta y le asesté un puñetazo en plena cara, cayó hacia atrás, de inmediato me sujetó un policía, me subieron a una patrulla y me llevaron a la delegación, ahí la muchacha me acusó de haberla agredido y como aún sangraba por boca y nariz, le creyeron, me permitieron una llamada a la agencia aduanal, con el licenciado, quien acudió de inmediato y después de escuchar mi versión, la expuso de tal manera que la muchacha retiró los cargos y me dejaron libre de inmediato.
Fue una lástima que no supiera valorar adecuadamente mi empleo. En una ocasión celebramos el aniversario de la Agencia, se invitaron Agentes aduanales de todo el país, hubo vinos nacionales y de importación. Un agente aduanal de Laredo, nos propuso apoyarnos con su patente si los cinco empleados trabajábamos una nueva agencia aduanal, nos envolvió fácilmente y creímos que sería un muy buen negocio, conseguimos un pedido importante de máquinas lanza bolas, para practicar tenis, las cuales tenían un precio elevado, vendrían de Alemania y calculamos que la ganancia sería como de 50,000 pesos,. Hicimos el pedido y los trámites necesarios, todo marchaba bien, pero recibimos un golpe económico muy fuerte. El Presidente Luis Echeverría, conforme a la política priista, devaluó la moneda por estar a punto de concluir su periodo presidencial. Nuestro pedido llegó al aeropuerto, pero no lo pudimos retirar, ya que lo declararon “contrario a la economía nacional”. Fue necesario regresarlo a Alemania, perdiendo una parte importante de nuestra inversión, nos cargaron los gastos de transporte y pagamos penalización por no haberlo surtido. Esto hubiera sido un tropiezo normal, pero el jefe de nuestra agencia aduanal se enteró de todo y con mucha consideración nos llamó a una junta, en donde nos comunicó que disponíamos de un mes para complementar todos los pendientes de trabajo, ya que a partir de entonces procedía la baja, argumentando –y con razón- que ya no podría confiar más en nosotros. No hubo protestas, jugamos y perdimos
13.- REGRESO A MI TIERRA
Mi salario en la Agencia Aduanal era suficiente, pero luego que me quedé sin trabajo el panorama se veía muy difícil. Mi hermano Cuauhtémoc que arreglaba radios y televisiones me propuso que compráramos refacciones, para vender en el pueblo, ya que él con su negocio sería un consumidor fuerte. Así lo hice y bajo su dirección compramos una cantidad importante en refacciones, pero como él aún tenía trabajos pendientes por entregar, Ana y yo regresamos a Apatzingán, quedando él de hacerlo pronto, Una vez mas iba a recibir un golpe de mi mala suerte, cuando Cuauhtémoc estuvo listo, tomó un taxi que lo llevara con las cajas a la Central Camionera de Occidente, mejor conocida por “Observatorio”, bajó del taxi y pagó, creyendo ingenuamente que el chofer abriría la cajuela pero el coche arrancó de pronto, llevándoselo todo. Por lo sorpresivo de la acción, no reaccionó y se vio parado en la calle sin nada. Me lo comunicó telefónicamente muy apenado. Ahora si me encontraba en un problema difícil de resolver, con mujer y sin trabajo ni dinero. Mi padre, cuando llegamos de México, tomó la situación filosóficamente, nos cedió su cama y se fue a vivir con una mujer a la que tenía como amante desde antes de que muriera mi madre, con su cama también nos dejó al cuidado de mis hermanos menores: Cruz, Anselmo, Felipe, Mauricio y Alejandro, a los que Ana se vio forzada a atender, aunque no se quejó, nuestra vida era tranquila, un amigo de la infancia llamado Santiago había conformado un grupo musical al que había puesto por nombre “Ilusión”, me propuso que empezara a trabajar con él como “veloz”, que era simplemente el encargado de cargar y descargar los instrumentos al camión y conectarlos en donde se fueran a presentar, lo normal era en la segunda zona de tolerancia del pueblo. Había dos o tres cantinas que con música viva atraían clientes, se tocaba música tropical y romántica sobre todo, cumbias de Rigo Tovar y el Acapulco Tropical que eran los conjuntos de moda; romántica de los Freddy´s y ranchera de Los Muecas que pegaban mucho. Para no aburrirme, los acompañaba con un güiro o un cencerro , según el caso, nunca me atreví a cantar, sabiendo que no era entonado. Imitamos un método para ganar un poquito más dinero, iba a las mesas y decía a los borrachos “caballero, si desea dedicar una canción a la dama, por 5 pesos puede solicitar la que guste, el conjunto la tocará de inmediato” se sentían enaltecidos por el título de “caballero” que les daba y aceptaban aunque riéndose por el de “dama” aplicado a la meretriz, indicaba a Santiago la canción solicitada, el número de la mesa y el nombre de la “dama”, la dedicaban y la tocaban de inmediato.
13.1.- Un perro falso
Nuestra casa se encontraba rodeada de árboles frutales, el carro en el que llegábamos, me dejaba en la calle y al despedirme, me deslumbraba, por lo que recorría el camino a ciegas. Una noche, me acerqué por la parte trasera y pude distinguir un bulto, pegado a la casa, creí que era nuestro perro y considerando que no cumplía adecuadamente con su trabajo le asesté una fuerte patada, mientras le decía ¡Quítate perro huevón!, pero en lugar de ladrar, se levantó y echó a correr entre la huerta, donde ahora si, lo persiguió el perro verdadero, le grité ¡párate cabrón! y otros insultos, que no le importaron, se brincó la cerca y ganó la calle. Las luces de la casa se encendieron rápidamente, sacamos la pistola, calibre 44 que mi padre siempre tenía y lo buscamos, pero solo durante un par de cuadras por donde los ladridos de los perros nos indicaban que había pasado. Ana se puso furiosa, no estaba de acuerdo en que siguiera trabajando con el conjunto, en parte por lo ocurrido, y parte por que decía que habiendo tanta meretriz, las tenía a la mano. Mi suegra, que desde la primera entrevista me trató muy bien, intervino y nos dijo que el hombre debe buscar el sustento donde pueda y que Ana no debería intervenir por que yo estaba cumpliendo con mi papel de hombre de la casa.
14.- CAMBIANDO DE RUMBO
En Apatzingán parecía no haber trabajo para mí, los pocos que detectaba eran en el campo y mal pagados, así transcurrió casi un año, Abraham que trabajaba en un periódico de Melchor Ocampo, pueblo que había cambiado su nombre a Lázaro Cárdenas -a raíz de la muerte del General-, me dijo que había mucho trabajo en la Siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas, S. A. Mejor conocida como Sicartsa, por lo que dije a mi mujer que iría a probar fortuna durante un tiempo, prometiendo que si en 20 días no conseguía trabajo me regresaría. Llegué allá y me llevó a casa de mi hermano Baltazar que ya se había casado y vivía en Las Guacamayas, me recibió muy bien y me presentó a su esposa Chabela, mujer sencilla y muy trabajadora. Mi hermano prometió ayudarme, me llevó a las oficinas del sindicato de Mineros, que a partir de ahí me veían llegar dos veces cada día, pues me presentaba muy temprano y solo me retiraba a la hora de comer para regresar por la tarde. Había filas muy largas solicitando una oportunidad, yo entre ellos, cuando empezaban a anotar a los aspirantes, siempre estaba presente, me preguntaban nombre, domicilio, edad, estatura, etc., y cuando llegaban a educación y les decía orgulloso “la prepa”, me contestaban que no me podían enviar con esa preparación, que nomás estaban solicitando peones, “mándame aunque sea de barrendero” les contestaba, pero no. El tiempo pasaba y casi se llegaba el plazo que me había fijado cuando recibieron una solicitud para enviar aspirantes a bombero al Departamento de Control y Combate de Incendios, me ofrecí de inmediato, me dijeron, ahora estás muy bien de escolaridad, pero los quieren que midan por lo menos 1.70 m de estatura. , ¡Yo mido 1.74 m.!, alegué, si, pero que estén robustos, yo era un joven delgado que pesaba 58 kgs. No cumplía el requisito. Llamaron a los que midieran más de 1.70 m. y de inmediato se acercaron más de treinta, casi todos eran robustos, les pidieron que se separaran los que tuvieran la secundaria y sólo lo hicieron seis, nuevamente insistí en que me enviaran, total, si no pasaba las pruebas me regresarían. Esta vez estuvieron de acuerdo, formaron un grupo de 18, de los que serían seleccionados 14 solamente. Había en el sindicato una secretaria que era famosa por su belleza y atractivo físico, enviaron a su hermano por delante, se presentó y cuando le preguntaron por su escolaridad dijo “primaria”, nuevamente le preguntaron ¿hasta que año? Y contestó “primero”. Lo regresaron, pero los funcionarios del sindicato hicieron algún ajuste y lo volvieron a enviar con los que íbamos a presentar las pruebas de admisión. Llegamos a la oficina de personal en el interior de Sicartsa, se nos aplicó un examen de conocimiento y una vez terminado se nos indicó que esperásemos. El encargado de la oficina llamó de uno por uno, entraban y no los veíamos salir, supusimos que eran aceptados y nos pusimos nerviosos pues ya faltábamos muy pocos. El recomendado “especial” se desesperó y nos dijo “no creerán que voy a esperar todo el día, para que me digan que no hay trabajo” y salió furioso. A los pocos momentos entró el encargado de la oficina y nos dijo, “los que no fueron llamados están aprobados, veremos como les va en las siguientes”. Pasamos a una prueba de salud, nos citaron a las siete de la mañana, con muchos otros que irían a otras áreas, nos formaron y sin decir nombres pasábamos de uno en uno, con un doctor que nos tomaba el pulso y una muestra de sangre, además de algunas preguntas, pero nos llamó la atención un muchacho que dejaba pasar a otros y que al salir preguntaba ¿Te revisaron allá abajo?, “No” contestaban los salientes y así se pasó la mañana, como a las dos de la tarde se presentó otro doctor, más viejo que el anterior y viéndolo muy cerca de la puerta le puso una mano en el hombro y entraron al consultorio, no tardó mucho en salir, llevaba una receta en la mano y cabizbajo contó que el doctor le pidió de inmediato que se sacara el pene y lo apretara con la mano, después le dijo que tenía blenorragia –Una enfermedad venérea- y que debería adquirir las inyecciones que le indicaba en la receta y aplicárselas, de acuerdo a las indicaciones y que podría regresar en una semana. Avergonzado dijo que no regresaría, supongo que no lo hizo porque no lo volví a ver.
Una vez superado el examen de salud, vinieron los de condición física y personalidad, que decían eran muy importantes para ser bombero. Nos llevaron a un cerro de grava- arena del tamaño de una casa, nos enseñaron a levantar a una persona inconsciente y cargarla al hombro. Una vez probado que podíamos hacerlo, nos separaron en dos filas y colocando cuerdas desde la cumbre, nos indicaron que una fila serían los “heridos” la otra los” rescatadores”, sin tomar en cuenta que algunos “heridos “eran más pesados que el “rescatador” correspondiente, afortunadamente al “herido” que tendría que rescatar subiéndolo a la cumbre era de mi estatura, aunque supuse que pesaba más, pero a mi compañero le tocó uno muy pesado, levantamos cada cual a su “herido” y tomando la cuerda empezamos a ascender trabajosamente. Un poco arriba de la mitad vi que el rescatador se ponía pálido y verdoso. Le dije a su “herido”, bájate, se va a desmayar, me contestó riéndose “yo estoy inconsciente”. Fue como una señal, el rescatador se soltó de la cuerda y ambos rodaron hacia abajo, me deslicé rápidamente para bajar, con la idea de ayudarlos, pero no los alcancé. Cuando logré llegar al piso firme, ya los paramédicos los atendían de múltiples raspones, viendo que no podía hacer nada inicié el ascenso nuevamente, pero un capitán me lo impidió, consideró que había pasado la prueba y que además había demostrado personalidad, fue necesario superar varias pruebas más, por ejemplo de resistencia y velocidad corriendo toda la periferia de la planta, en donde hice uso de mis conocimientos, adquiridos cuando competía en carreras estudiantiles en Morelia, las cuales realizábamos en las subida a Santa María y que ahora tuvieron una utilidad real. Me quedé pues, a formar parte del primer grupo de bomberos de Sicartsa, después preguntaron quienes sabían escribir a máquina y habiendo superado a mis contrincantes fui nombrado “Secretario”. Mi trabajo consistía en escribir reportes, informes, avisos y cosas por el estilo, pero no estaba conforme, mis compañeros acudían a los incendios dentro de la planta, cubrían accidentes y recibían instrucción, cosa que les envidiaba, solicité al comandante que me integrara a las actividades, argumentando que si algún día me pidieran demostrar que era bombero, estaría en total desventaja y que no podría alegar ser el secretario, ya que realmente no lo era, mi manejo de la máquina de escribir, mejor que los demás no podría competir con una secretaria. Accedió y me envió a la primera clase. Un capitán exponía el tema “Espuma química”; pero lo hacía mal, habiendo, con tiempo de sobra, leído los manuales de uso de la espuma, me permití hacerle notar su error, furioso me dijo ¿Crees saber más que yo, que vengo del cuerpo de bomberos de la ciudad de México? Claro que no, le contesté, pero lo que está exponiendo no es lo real, conforme al manual de uso se hace de otra forma y enojado por su presunción pasé al pizarrón y expliqué, en seguida traje el manual y pedí que lo leyera a todos. No tuvo más remedio que aceptar su equivocación.
Esa intromisión me atrajo su enojo y para desquitarse sin que se notara, hacía simulacros de diferentes tipos de incendios, material sólido, combustibles y hasta gases, que se combaten de forma diferente y nos decía “el que termine al último repite. Con esta estrategia me hacía trabajar el doble y me ponía en ridículo con los compañeros, pero sin saberlo mi capacitación fue más acelerada, tuve, por necesidad, que estar más despierto que mis compañeros y cuando tiempo después nos evaluaron para asignar puestos dentro del grupo, a saber: Maquinista (el que maneja la motobomba para transitar, enviar agua por la línea y dar la presión correspondiente) Pitonero; (que toma el extremo de la manguera y dispara el agua al incendio, siendo el primero en la línea) Ayudante (que acompaña al pitonero y bajo sus órdenes le ayuda a colocar la manguera y a resistir el empuje que se libera al abrir el pitón); Llavero(el que se encarga que en el compartimiento de la motobomba se encuentren las llaves suficientes para conectar los tramos de manguera o para abrir los hidrantes). Éramos grupos de 7 bomberos que cubríamos los tres turnos laborales el primero de 7 de la mañana a las 3 de la tarde, el segundo, de las 3 de la tarde a las 11 de la noche y tercero, de las 11 de la noche a las 7 de la mañana, contando con un día de descanso. El ambiente era de camaradería y colaboración total. Por principio, el comandante solicitó a un teniente del destacamento militar que custodiaba la puerta los servicios del peluquero, un militar de edad avanzada, para que nos cortaran el pelo a todos, ya que algunos lo tenían más largo de lo normal, usó el corte militar, muy bajito, después nos daban instrucción militar, que consistía en marchar y correr, cuando consideraron que la condición física era buena, nos dieron instrucción básica de rappel, -nos deslizábamos de una palma a otra mediante cuerdas de las que por medio de una pequeña polea resbalábamos fuertemente y a veces, perdido el control, chocábamos con la otra palma, hacíamos simulacros con grandes cantidades de troncos y gasolina, para mostrar a los nuevos trabajadores lo que tenían que hacer en caso de incendio o el manejo básico de extinguidores, que son muy importantes de acuerdo al material que se esté consumiendo, había de soda –ácido, que contienen carbonato de sodio, agua y una capsula de ácido sulfúrico, que al romperse reacciona y genera una importante cantidad de espuma, que produce una presión que la expulsa, del envase. De polvo químico seco, que contiene aire comprimido para expulsar el polvo que apaga casi todo, sólidos y líquidos inflamables, de bióxido de carbono, para máquinas delicadas y electrónicas, ya que no se pega como el polvo y que al desplazar el oxígeno apaga el fuego y lo último la espuma química, que se generaba en un pitón llamado de bazooca, que al paso del agua generaba un vacío que se aprovechaba para extraer mediante una pequeña manguera el líquido base desde un bidón. Se revolvía con el agua a presión y se generaba una espuma ligera que al cubrir los materiales inflamados, los apagaba. Otra de las enseñanzas vitales del oficio fue el equipo de respiración autónomo que consistía en un tanque de aire a presión con un regulador, un arnés para colocarlo en el cuerpo y una mascarilla que se fijaba a la cara mediante correas de hule. Se tomaba el tanque y con una maniobra rápida se pasaba sobre la cabeza, quedando de este modo, colocado a la espalda y el arnés listo para ajustarse, también mediante correas de hule, una vez ajustado se abría la llave del tanque y se enchufaba la manguera de la mascarilla, el regulador permitía solamente el paso del aire que se aspiraba normalmente, pero la colocación de la mascarilla y el tanque debería ser muy rápida, ya que de esa acción dependía la disponibilidad del rescatador, me tocó repetir muchas veces la acción, hasta que me convertí en un experto. Después de las evaluaciones me nombraron oficialmente pitonero.
Este capítulo me lo he reservado para leerlo en este momento.
Leo.......
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Pronto llegó la ocasión de mi primer rescate, aunque no tuvo que ver con fuego. Haciendo un recorrido con el comandante y otro compañero nos dirigimos a la parte de la siderúrgica que colinda con la playa, llegamos a un lugar donde la olas brincaban una barrera de arena con mucha fuerza y ahí vimos a una familia, dos parejas, y tres niños, los hombres mayores intentaban pescar con una tarraya , metidos un poco en el mar, los niños jugueteaban en una depresión que se veía invadida por el agua de las olas que reventaban en la barrera de arena y las mujeres, observaban desde la barrera, vimos con alarma que una ola llegó con más fuerza, derribando a las mujeres hacia la depresión y escuchamos a los niños gritar aterrados, saltamos de la camioneta y a todo correr nos metimos a la depresión, tomamos a los niños y los sacamos hasta terreno firme, pero las mujeres seguían gritando de espanto, las olas seguían rompiendo con fuerza y no les permitían salir. Un poco más hacia adentro de la depresión había huizaches y hasta allá las llevó el agua nuevamente regresamos a la depresión, para intentar rescatarlas, mi compañero tomó a una de la mano y la empezó a sacar, ante esto, me metí al huizachal para sacar a la otra, no conseguía desatorarla y tarde un poco más, cuando por fin lo logramos, ya que ella también luchaba por salir, aparecieron los hombres, venían revolcados de agua y arena. Uno de ellos bajó corriendo y entre los dos pudimos sacar a la mujer; el otro no entró y en cambio me dijo “como eres bombero y no podías sacar a mi mujer del apuro”, fue la primera vez que supe de la ingratitud humana, la pobre mujer estaba rasguñada por todas partes, ya que los huizaches estaban muy espinosos, la acomodamos en la caja de la camioneta con la otra mujer y los niños, mientras que los maridos y nosotros hacíamos el viaje de regreso sentados en el borde. El relato de este episodio en el cuartel de bomberos no nos hizo los héroes que creímos ser, solamente el ejemplo de cómo se actúa en una situación de emergencia.
Por esos días hubo un paro de labores promovido por el sindicato, duró quince días y como consecuencia, algunas áreas de la planta acerera sufrieron desperfectos, en una de ellas, llamada peletizadora –recibía polvo de carbón, acero y cal-, generando un lodo espeso que se batía con agua en un tanque gigantesco llamado “Marcona”; de este lodo se hacen pequeñas bolitas llamadas pellets que se pasan por un horno quedando como piedritas redondas que después irán al alto horno –que tiene una altura si no recuerdo mal, de 96 metros, en donde se revuelve con otros materiales para producir acero líquido – a 2.500 grados de temperatura-. Pues bien, el tanque de Marcona se resecó haciéndose mas espeso el lodo, tanto que no se podía batir adecuadamente, fue necesario atacar con agua a presión para romper la casi roca que se había formado; al penetrar el agua en la costra se generaba una corriente de expulsión que nos regresaba el lodo a la cara y el cuerpo, por esta razón, al término del turno éramos totalmente negros. Ana se negó a lavar mi ropa el primero y segundo día, pero como la situación se prolongó por una semana, comprendió que no había otra opción. Así se nos presentaron otros servicios, algunos peligrosos y otros no tanto, el cuerpo de bomberos creció, trajeron gente de Guadalajara y México, para los puestos de mando y de capacitación, lógicamente con un trato social mucho mejor. Pasaron 3 años de trabajos duros, pero de muchas satisfacciones. Una ocasión especial se presentó cuando una tarde más o menos a la hora de comer, estando atendiendo una emergencia en Coquizadora – donde del carbón de coque, extraen gas, combustóleo y otros subproductos, algunos de los cuales sirven como fertilizantes, nos llegó un pedido de auxilio del pueblo. Muy cercano a la rivera del río ardían 12 casas, se confirmó la emergencia antes de que nos permitieran salir, (esto debido a gente irresponsable que se cree graciosa reportando falsas emergencias). Llegamos al lugar y era un auténtico infierno, un tanque de gas domestico había explotado y se quemaban las casas de madera. Pegadas a éstas había algunas casas de material que tenían también tanques de gas encendidos que simulaban grandes sopletes, giraban y hacían un sonido impresionante, era pues, imprescindible enfriarlos y apagarlos antes de que pudieran explotar, nos dimos a la tarea de inmediato y una vez enfriados y cerrados los retiramos, ahora sí podíamos atacar totalmente el fuego que consumía las otras casas, los curiosos se arremolinaban y no dejaban trabajar a pesar de nuestras repetidas peticiones de que se retiraran por su seguridad, desesperado por la situación, abrí el pitón y derribé a varios con el chorro del agua, los demás se retiraron corriendo, una de las casa era un galerón con láminas metálicas que se retorcían por la acción del fuego y lo ataqué desde el interior, ya que si sofocaba el fuego en la base, sería más fácil extinguirlo, pero no preví que el techo no resistiría. Se vino abajo con un estrépito horrible, sin darme tiempo a salir, por reflejo me cubrí con los brazos y la manguera, fue muy rápido, vi a mi ayudante derribado por una viga, lo ayudé a levantarse y continué mi trabajo, después de un rato logramos sofocar totalmente el fuego y me dirigí a ayudar a otros compañeros que se esforzaban en otra casa. El capitán me llamó y me dijo que por el radio de la motobomba llamara al servicio médico que dejara mi manguera a un compañero, no lo entendí de pronto. Le pregunté ¿y para que queremos al servicio médico? Para ti, me contestó y al ver que me quedaba sorprendido me dijo “tu brazo derecho sangra mucho”. Efectivamente, cuando cayó el techo me había protegido con el brazo y una lámina me hizo un profundo corte. Llamamos por radio y los paramédicos me pidieron la ubicación, les dije el nombre de la calle pero no supieron, por la margen del río, pero como el río hace un arco muy amplio, no ubicaban el sitio. ¡Por la zona de tolerancia! les dije ya molesto. Inmediatamente recibí un alegre, ¡ya vamos! Me lavé el brazo y lo mantuve levantado sobre mi cabeza, buscando disminuir la hemorragia. Un señor de entre los mirones me ofreció un pañuelo, que me aseguró acababa de comprar, con él improvisamos una venda y llegó la ambulancia por mí, el chofer reía por la referencia que le dí y que reconoció de inmediato. Una vez en el lugar en que se prestaba los primeros auxilios, un doctor me lavó la herida con agua jabonosa, lo que fue muy doloroso, usó un cepillo suavecito, pero la carne viva ardía, después me puso una solución desinfectante y me inyectó anestesia local para posteriormente suturar. Oír como truena la piel mientras suturan es espantoso y más para mí que siempre he tenido pánico a las agujas, pero hecho el remiendo me sentí capaz de regresar al incendio, pero no fue necesario. Al día siguiente escuchamos en una estación de radio local una crónica infame donde se criticaba nuestra labor, enojados acudimos a la estación pensando que nos iban a escuchar, pero fuimos recibidos con insolencia por el gerente y propietario de la estación y regresamos más enojados que cuando salimos, pero al día siguiente tuvimos la satisfacción de escuchar algunas llamadas, trasmitidas por la estación, de personas que reclamaban lo dicho el día anterior y agradecían nuestra intervención. El locutor, apenado, ofreció disculpas públicamente por el error y nos hizo la invitación a una entrevista para el siguiente programa, Lo ignoramos totalmente.
Los compañeros hicieron grupitos para cada fin de semana salir a tomar cervezas al término del primer turno y a veces regresaban a sus casas hasta el día siguiente, no participaba. Estábamos, - Ana y yo-, viviendo en casa de Balta y Chabe, no me pareció correcto y no quise dar motivo para que Ana se enojara conmigo, ya que Chabela seguramente se solidarizaría con ella y mi hermano conmigo, haciéndose un enredo grande.
La vida en casa de Baltazar era muy sencilla. Chabela era muy simpática y se entendió muy bien con Ana, pero el problema se presentaba a la hora de dormir, como solamente había un cuarto, tendían una cobija para separar su espacio del nuestro, evitaba ser vistos, pero no escuchados, siendo dos parejas jóvenes, era imposible no oír los ruidos involuntarios al hacer el amor, al día siguiente cruzábamos algunas bromas a ese respecto.
Ana y Chabela iban a lavar a un canal, mi mujer se encontraba muy cerca de dar a luz a nuestro primer hijo, se dejaba llevar por la corriente y vivía, según mi opinión, feliz.
Llegó el día esperado, me dijo “tengo un dolorcito en el vientre”, nada raro, de cualquier forma la llevé al Seguro Social de Lázaro Cárdenas, entró a consulta y de pronto salió una enfermera con sus ropas y con algún aire de complicidad me dijo “se va a quedar, ya iniciaron los dolores de parto” me puse nervioso, estaba emocionado por la inminente llegada de un hijo, pero me preocupaba el riesgo que esto suponía para ella. Regresé a la casa en Las Guacamayas y comuniqué la noticia a Baltazar y a Chabela, se pusieron contentos. Al día siguiente, acudimos a la clínica y me informaron que ya era padre de un varoncito, pedí verlo y me dijeron que estaba en los cuneros, me dirigí allá y a través de los cristales vi a 9 o 10 niños, entre ellos, a uno que despertó mi atención, era muy bonito y hubiera podido jurar que era el mío, entré al lugar y la enfermera me indicó que ése no era el mío, llevándome a otra cuna, el niño de ahí también era bello pero no tanto como el primero que vi. Fue una emoción muy grande cuando lo abracé con temor, era tan frágil y tierno, me veía fijamente y por fin sonrió, o eso me figuré, regresé a donde Ana, tendida en una cama se veía pálida y cansada, la felicitamos y volvimos a la casa.
Una vez afianzado en mi trabajo de bombero, recibí la oferta de un vecino que pensaba vender su terreno, nos pareció muy bien, de ese modo podríamos construir nuestra casa junto a la de mi hermano, le dije que si me interesaba, pero que tendría el importe en 15 días. La siguiente semana procuramos ahorrar todo lo posible, con la finalidad de que una vez cerrado el trato, comprar algunos materiales para iniciar la construcción de una casita de madera, pero… Llegó la fecha fijada y fui a ver al vecino, llevaba la cantidad acordada. Lo encontré borracho y me dijo, que el día anterior había vendido el terreno, peo que no me preocupara, que algunos vecinos más lejanos también pensaban vender. Enojado, me dí a la tarea de buscar una casa en renta, la encontré en otra colonia de la misma localidad. Era parte de un pequeño grupo de tres que compartía un amplio terreno en el que había tendederos para ropa, nos cambiamos de inmediato, aunque no teníamos muebles. Ana cocinaba con una pequeña estufa de petróleo, que dejaba las ollas y cazuelas, negras de hollín, .Adquirimos una hamaca para el niño y nosotros seguimos durmiendo en el piso. Con sólo una cobija tendida, pero muy felices, un desconocido nos vendió una conejita que llamaba Dominga y que nos gustaba mucho pero un día de apuro, Ana la cocinó y nos la comimos.
En el trabajo no había problemas, nuestro capitán gustaba de permanecer despierto cuando nos tocaba el tercer turno, para hacerlo menos aburrido, salíamos del cuartel y hacíamos rondines por los terrenos de la planta, cazábamos conejos, había muchos, y en ocasiones un compañero de Playa Azul se metía a oscuras en un área pantanosa a buscar camarones, que abundaban y preparábamos auténticos banquetes en el cuartel, en una ocasión propuso que fuésemos hasta la playa a buscar huevos de Caguama – muy codiciados-, llevamos cubetas, con la idea de recolectar muchos, amenazaba tormenta, pero lo pasamos por alto, recorrimos tal vez, trescientos metros de playa sin hallar ninguna señal de tortuga o de algún nido, a pesar de que la luna alumbraba muy bien, entonces cambiamos el giro. Sobre la arena se desplazaban grandes cangrejos a los que llaman mollos, nos dimos a la tarea de cazarlos teniendo cuidado de sus fuertes tenazas que pueden romper un guante de carnaza con alguna facilidad, los pisábamos con las botas industriales y los echábamos a las cubetas, hicimos una abundante provisión y al regreso se comisionaron a dos compañeros para que fueran al mercado a comprar los complementos para un buen caldo, trajeron también algunos pescados. Una vez preparado y al olor, se nos unieron los policías industriales –que a veces, nos apoyaban en nuestro trabajo- y fue todo un banquete.
por fin terminé de leer toooooodo....
mis respetos para ti pakasso ;)
tienes una muy buena descriptiva, es fácil imaginar los lugares, los momentos, la gente...vaya, hasta los aromas!
estaré al pendiente de tu próximo post.
saludos!
Fue entonces cuando me avisaron que recibí una llamada telefónica de Apatzingán, el Señor Chabolla, un antiguo patrón de mi hermano Cuauhtémoc, me informó muy apenado que mi hermano José Cruz había muerto. ¿Cómo? Pregunté, me dijo “no sabría explicarlo, pero si quieres verlo por última vez debes venir de inmediato”. Informé al Comandante de Bomberos de la situación, solicitando permiso por dos días, me contestó “No hay permisos”, me enfurecí y le dije que entonces considerara mi baja, mis compañeros ofrecieron llamar al sindicato para conseguir el permiso, ya no los escuché y me dirigí a mi casa para informar a mi mujer, se preparó y partimos de inmediato. Cruz era más joven que yo, había tenido una niñez difícil, en una ocasión se cayó de un árbol y en la caída tropezó con un alambre de púas que se usaba como tendedero, el alambre le arrancó un pedazo de carne del pecho y después se golpeó fuertemente contra el piso, como resultado, tartamudeaba, era un muchacho fuerte, robusto de 16 años, practicaba karate y era muy alegre a pesar de las burlas que su tartamudez ocasionaba, era el consentido de mi padre, que le permitía cargar su pistola, aunque nunca supe que la usara, por esta razón suponía que lo habrían matado en un pleito e iba dispuesto a vengarlo, aún sin saber si ése fue el motivo de su deceso. Al llegar a la casa me enteré de la verdad: Tenía una noviecita llamada “Linda”, por alguna razón lo terminó y en un papel arrugado que encontraron en su pantalón, dirigido a ella, le decía que la esperaba en el lugar de costumbre, que si no acudía se iba suicidar y que él no jugaba con eso, seguramente no le creyó. Nadie se dio cuenta de su estado de ánimo, el día domingo, fueron a una tardeada y él se retiró un poco antes que los demás, una vecina que vendía cena le dijo al pasar “Cruz, vente a cenar” le contestó que ya no iba a ser necesario, ella, creyendo que posiblemente había cenado en el centro, no le dio importancia, a los pocos minutos llegaron otros de mis hermanos y al entrar en la huerta escucharon un disparo, creyendo que Cruz lo había realizado en contra de alguien, le gritaron que no disparara nuevamente y entraron corriendo hasta la casa. En el frente de la casa, mi padre había sembrado, hacía algunos años, un eucalipto, que creció hasta ser el árbol más grande de la colonia, la gente le llamaba “el gigante”, sentado al pie de este árbol, encontraron a Cruz, quien en ese momento tenía un brazo colgando sin fuerza, mientras sangraba abundantemente de la cabeza, se había dado un tiro. Mi hermano Anselmo, un año menor que él, corrió a dar aviso a mi papá y lo transportaron en un coche de alquiler al Hospital General, pero fue inútil. La familia de la noviecita, al enterarse de lo ocurrido, huyó de Apatzingán, temerosos de que al ser tantos hermanos, alguno los fuera a agredir. Una vez que lo enterramos, regresamos, Ana y yo, a Lázaro Cárdenas y al trabajo, presenté copia del acta de defunción y no tuve ningún problema.
Lore, muchas gracias tu comentario renueva mis ánimos, un poco decaídos últimamente
Tiempo después la empresa avisó al comandante que debería cambiar el cuartel de posición, nos asignaron algunas instalaciones que había dejado una compañía constructora, muy cerca del muelle, pero dentro de los límites de Sicartsa, ahí había canales de agua en los que encontré algunos camarones y entre los desechos abandonados algunos tubos delgados de un material plástico muy resistente, con uno de ellos, improvisé una caña de pescar y al terminar el tercer turno, a las siete de la mañana, caminaba por el muelle desierto, con una cuerda de pescar muy delgada y un anzuelo pequeño, al que ponía de carnada, pedacitos de camarón, lo deslizaba por la superficie del agua formando una rayita, de pronto se sacudía, era que algunos peces llamados “Jurel” se prendían del anzuelo. Diariamente pescaba 20 o más de ellos. Ana los preparó con sal y los puso a secar en un tendedero, por la noche se metieron los burros y se los comieron. Fue necesario reforzar la cerca para que no volviera a ocurrir,
Por ese tiempo regresé a México de visita. Con orgullo invité a Ana a comer a “Súper Leche”, entramos y buscamos una mesa, las excompañeras se arrimaban a conocer a mi mujer y a mi niño pequeñito, de pronto, algunas me pidieron que las acompañara a la cocina, para enseñarme los cambios que se habían realizado. Era un pretexto, para decirme, en confianza, que Carolina había regresado a buscarme, que cuando desapareció de mi vida, había ido a Guatemala a visitar a su familia y se quedó por allá mucho tiempo. Lo más impactante de esa conversación fue enterarme que regresó con una niña en brazos, la cual, les contó, era mía. Encajé el impacto que me causó y regresé a mi mesa como si nada, comimos y me despedí. Nunca más volví a ese lugar, que se derrumbó totalmente con el terremoto de 1985, que arrasó la ciudad de México.
En el trabajo las cosas seguían tensas, el capitán a quien corregí en mi primera clase de técnicas de combate de incendio no olvidaba la “humillación” ideo una nueva forma de divertirse a nuestra costa, adquirió guantes de boxeo y nos canjeaba la hora de educación física por encuentros entre nosotros mismo, hicimos algunos favoritos y nos divertíamos viendo como se pegaban unos y otros, todo bien pero un día enfocó su atención en mí, me dijo “secretario –un apodo que me duró mucho tiempo- ahora tú debes ponerte los guantes contra Rutilio –otro compañero- flaquito, como yo, moreno, de pelo chino, originario de el estado de Guerrero, Me negué argumentando que no me gustaba recibir golpes –darlos por supuesto que sí-, que se me olvida que era un juego y respondía golpeando en serio, No importa, me dijo, es sólo deporte, nuevamente me negué pero el compañero, tal vez sintiéndose seguro de sí mismo me retó diciéndome “No te preocupes, después del round no habrá rencores” así que me vi obligado a ponerme los guantes en su contra, no podría narrar los detalles del combate, solo recuerdo muy bien que de pronto nos pegábamos lo más fuerte posible y nos separaron, Rutilo sangraba por la nariz y yo no podía ver por un ojo. El capitán, contento me dijo “ya vez, no pasa nada y es muy divertido”, me puse furioso y le dije “póngase los guantes conmigo, vamos a divertir a los demás” se negó rotundamente, lo que atribuí a temor, durante un buen tiempo, hasta que me enteré que era karateka y su código ético se lo impedía.
Sucedieron muchas más aventuras en el cumplimiento de mi trabajo.
La motobomba era custodiada por un bombero en cada turno, que estaba al pendiente de los llamados por radio y que a la primera señal de emergencia, hacía sonar la sirena, a ese sonido, debíamos concentrarnos de inmediato en ella para acudir al área solicitante, pero no faltaban las bromas chuscas, por ejemplo: se recibía un llamado “Rojo uno –nuestra clave- Rojo Uno para móvil cinco, se requiere su presencia urgentemente en la puerta del muelle, se ha incendiado el mar”, lógicamente estas llamadas estaban prohibidas, pero usaban claves falsas, mientras, en nuestro cuartel, había sonado la señal y corríamos todos, dejando atrás todo, a veces los alimentos recién ordenados y servidos. Pero eran los gajes del oficio, sufríamos pequeñas quemaduras, nos exponíamos a gases tóxicos, calor abundante, áreas polvosas choques eléctricos, explosiones y a todos los riesgos de esta profesión, pero a cambio, tuvimos la oportunidad de conocer todas las áreas de la planta, la ubicación de los muchos y variados extinguidores, - a los que revisábamos periódica y rigurosamente, los túneles y escaleras que muchos no conocían, y sobre todo, el grado de riesgo de cada área, de acuerdo a sus contenidos y productos finales. Laboré como bombero durante tres años y medio, los compañeros me nombraron Delegado de Ajustes, puesto sindical que no aportaba nada, además de problemas ajenos, los compañeros no cuidaban su trabajo y acudían al delegado de ajustes para buscar soluciones. Un caso que ejemplifica esto es el siguiente: Zamora se presentó ebrio al trabajo, le dije que ese era un motivo suficiente de despido y me contestó “ya tengo tres faltas, una más y automáticamente estoy dado de baja”, que irresponsabilidad, ¿que puedo hacer por ti? Tú solo te estás corriendo, nueva respuesta, pues, sólo tú puedes hacer algo, para eso eres el Delegado de Ajustes. Hice un último intento, hablé con el capitán y le expliqué la situación, solicitándole que considerara canjear ese día por el de descanso, que le tocaba al siguiente día. Zamora era un buen bombero, valiente, audaz, obediente y muy capaz, razones por las cuales el capitán accedió, lo envió de regreso a su casa, advirtiéndole que no toleraría otro error, sin embargo Zamora lo tomó como algo personal y reaccionó negativamente, habló tonterías en contra del capitá y apenas una semana después fue dado de baja del grupo, decidí renunciar a ese puesto sindical.
En la colonia donde vivíamos “El Campamento Obrero” de Las Guacamayas, la delincuencia era muy alta, los vecinos de las dos casas pegadas a la que ocupábamos se fueron y por las noches, los malandrines se metieron y robaron lo poco que se pudo, los contactos eléctricos, el cableado y el aluminio de las ventanas, alarmando a Ana. Mi compadre, el padrino de mi hijo, nos ofreció su pistola y Ana se quedaba con ella, cada vez que me tocaba el tercer turno. Después de toda la noche sin dormir, el autobús de la empresa, nos repartía por las colonias de Las Guacamayas, pasando a un costado del Campamento Obrero, subía a la colonia Aníbal Ponce y daba la vuelta por el Campamento Obrero, pasando frente a la puerta de la casa. Ana estaba al pendiente, sabiendo que ya para llegar, me dormía en el camión, por lo que ella lo detenía y pedía que me despertaran.
Una mañana, al regresar, me encontré con gente que miraba hacia la casa, alarmado le pregunté a Ana qué había sucedido. Me comentó que intentaron meterse a nuestra casa y les disparó a través de la puerta, al amanecer se supo que acertó en una pierna a un malandrín que se encontraba hospitalizado. Consulté con algunas personas ¿que debería hacer? y me aconsejaron que me cambiara a vivir a otro rumbo, no lo pensé y me di a la tarea de buscar otra casa en renta. Lázaro Cárdenas fue durante un buen tiempo un pueblo de hombres solos, la mayoría de su población inicial éramos jóvenes que veníamos de diversas regiones del país, atraídos por el trabajo; durante la construcción de la Siderúrgica se emplearon miles de obreros y al arranque tenía 5.000 trabajadores sindicalizados y unos 1,500 de empleados de confianza. La demanda de vivienda fue enorme, el Infonavit construyó un conjunto habitacional de 712 casa de interés social, para otorgar, mediante sorteo, a los solicitantes, pero como la población era flotante, cuando estuvieron listas para entrega, los solicitantes en su gran mayoría habían emigrado. No había hecho solicitud, pero me urgía una casa, así que me presenté a la oficina y habiendo cumplido con los requisitos, decidieron asignarme una vivienda chica, completamente nueva con los servicios básicos y hasta un calentador de agua, que en esta región salió sobrando. Elegí una de cinco y nos cambiamos a vivir a Lázaro Cárdenas, más cerca de mi trabajo y con servicio urbano regular. En esto coincidimos con algunos compañeros de trabajo, desgraciadamente también el capitán con el que tenía problemas consiguió casa en la misma calle.