Ahora que lo medito, tenemos distintas maneras de innovar o divertirnos en nuestro erotismo. Este tema por ejemplo, se centra en el lugar, cómo símbolo del gusto por lo arriesgado o lo inesperado, en tanto en lo personal, nunca me preocupó ese aspecto, el del sitio por sí mismo; no se me ha ocurido prestarle atención, prefiriendo lo más cómodo, privado y seguro, para concentrarme en qué hacer, más que en donde. Además, prefiero los encuentros largos a los fugaces. Deseo por ejemplo -porque con este trabajo absorbente todavía no puedo darme el gusto-, comenzar un encuentro un viernes por la tarde para terminar recién el domingo. No digo que me crea el hombre de acero, sino que me refiero a realizar en ese lapso una diversidad de actos de connotación erótica, sensual e íntima; no todo coito. Por ejempo, disfrutar a mi compañera contemplándola desnuda mientras en la cama desayuna la mañana del sábado, quizá un pan con mermelada y bueno, al rato encontrarle otros usos a la mermelada; ser yo quien la desnude; bañarla con particular esmero; peinarla, pintarle las uñas; depilarle su cosita y hacerle alguna prueba de suavidad; o si luego de avanzado el día, se le ocurre preparar algún almuerzo, desnudarla mientras lo hace y acariciarla; o simplemente hacerlo de día para disfrutar la vista de nuestra desnudez y nuestra pasión a la luz del Sol. En fin, actos placenteros cuya naturaleza demanda tiempo y espacio y que por tanto son la antítesis de lo fugaz. Por alguna razón damos prioridad a distintos elementos, valoramos factores en distintas jerarquías; es claro que para que funcionemos adecuadamente las parejas, es necesario que coincidamos en esas valoraciones.